lunes, 11 de julio de 2016

El dulce color de un recuerdo

                        
El dulce color de un recuerdo

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El arte es la magia de transmitir ficción.
Éttiene Decroix

Con pinceles y pintura en la paleta, mi madre contemplaba la blanca superficie de la pared esbozada a lápiz, de su proyecto de mural, en el amplio antecomedor de la casa de Coyoacán. Subida en la escalera, el overol cubría toscamente su agradable figura. El paliacate rojo sobre la cabeza se inclinaba hacia ambos lados midiendo el reto, degustando de antemano el placer de  sentir deslizárse el pincel impregnado del oleoso color, y percibir en la nariz el fuerte olor a pino del aguarrás con el que adelgazaba la pintura. Pronto, la blanca pared desechó su monótona vestimenta cuando la diestra mano comenzó a ataviarla de vida .
         Los tres muros se transformaron en una extraña composición paisajística, en la que  representaba una pradera africana con pastizales en tonos amarillentos salpicados de incipiete verdor. En el lado izquierdo de la pared central campeaba con gallardía una soberbia jirafa de ojos grandes y melancólicos, cuyas pestañas abanicaban la maleza en cada parpadeo; en su hocico, se pefilaba una dulce sonrisa al rumiar el alimento. En el horizonte, un vano intento de cubrir la luminosidad con tonos grises, de nubes preñadas de agua presagiando un cielo a punto de llorar. En otra pared, un  antílope de largos cuernos, entre flores multicolores, otea nervioso mientras pasta; observa con atención a un león descansando a lo lejos sobre la alfombra azul violeta de tres jacarandas, que extienden sus ondulados brazos cubriendo con amplitud el entorno de un variante ramaje cromático.  El antecomedor cambió varias veces de temática durante los lustros en los que habitamos la casa de Coyoacán.
A la distancia rememoro la llegada de la escuela: el vocerío ensordecedor y el tropel precipitado que anunciaba nuestra entrada, la hacía bajar de la escalera e incorporárse a la rutina diaria. Eramos diez hijos y... sólo una madre. La algarabía, el ruido de las pláticas, discusiones y carcajadas se extendió por por su vida y la cubrió permanentemente de un bullicio atronador, alejándola frecuentemente de su obsesión y placer: la pintura.
            Nuestra madre, pacientemente y con alegría, nos fue introduciéndo al mundo del arte, del color, de la creación artística. En ocasiones nos sentaba a su lado mientras trabajaba en algún cuadro y nos impulsaba a acompañarla a pintar, mientras platicaba de técnicas, de pintores famosos y su obra. En lo particular, me inculcó la belleza del claro oscuro con Rembrandt, Caravaggio y Leonardo da Vinci y el gusto por el expresionismo como el de Van Gogh y Renoir.
La mayoría de los hermanos, le heredamos el buen humor, la curiosidad por innovar y el gusto por el arte; algunos, su habilidad.
La fortaleza en el recuerdo de su brillante personalidad acentúan el agradecimiento permanente y el amor por su presencia en mi vida; he sentido su mano creativa pincelar mi existencia con el colorido permanente de su creatividad. El clarooscuro y el impresionismo mezclados en un sinfín de vivencias y emociones, que me han permitido el disfrute pleno de mi transcurrir.





domingo, 3 de julio de 2016

¡No lo estoy!...

¡No lo estoy!...



Al final, lo que importa
 no son los años de vida,
sino la vida de los años.
Abraham Lincoln

La vida, como arco multicolor se tiñe de tonalidades diferentes conforme varía la forma de pensar y actuar en cada etapa. El granate define la intensidad de una niñez ávida de emociones, de intrepidez y escaso razonamiento, que impulsa la realización de acciones temerarias o imprudentes, sin pensar en consecuencias; ocurrencias que, solo o acompañado, se planean con el único fin de la diversión. Como aquel día en que el color pudo desvanecerse…
           El año de 1958 cursaba el segundo año de secundaria en el colegio Franco Español, ubicado en la avenida Insurgentes sur, donde hoy se encuentra la Plaza Inn. Escuela para varones con una superficie extensa; construcción antigua colindante al poniente con el colegio Lestonac, para mujeres. Por el lado sur, ambas escuelas limitaban con un pequeño riachuelo de amplias explanadas cubiertas de añosos árboles que nos servían de campo de batalla por las tardes. Dos grupos antagónicos, dos salones distintos, y... una sola rivalidad. Con bolsas de papel estraza, sustraídas del Supermercado 1,2,3, rellenas de arena del río, combatíamos hasta eliminarnos: enemigo blanqueado, era individuo muerto, esa era la regla. Aquel día un volado definió aquel día que el grupo contrario, escogiera los árboles como su guarida.
          Los terrestres caminábamos por ambos bordes escudriñando las alturas. Llevábamos proyectiles en las manos y mochilas. En el recorrido, sorprendieron a Arturo con un impacto en el pecho; al rasgarse la bolsa esparció tierra en el contorno de su figura y una nube grisácea cubrió momentáneamente su faz.
¡Muerto!, ¡muerto! ¾se oyó el griterío desde la arboleda¾, e inmediatamente el silencio encubridor tendió su manto sobre la ubicación de los arborícolas, mas el agresor estaba identificado, y en rápida carrera llegaron dos adversarios a polvearlo.
¡Muerto!, ¡muerto!, estás vengado, Arturo…
            La lucha se prolongó. Al final, sólo quedaba yo por parte de los terrestres, y  bajaron a perseguirme. Acosado, huía desesperado volteando hacia atrás constantemente para eludir los proyectiles, llegué a la banqueta y corrí por la avenida Insurgentes; me seguían muy de cerca gritando:
¡Estás muerto!... ¡estás muerto!
¡No lo estoy! ¾contesté volteando a ver al adversario...
¡Escuché un fuerte rechinido de llantas a mi espalda!, y ¡el aullar desesperado de un claxon!, me paralicé de miedo al sentir una ráfaga de viento zarandearme y percibir un fuerte olor a llanta quemada; vi de reojo una raya azul pasar a centímetros de mi cuerpo. El vehículo crujió con un ruido metálico al trepar al camellón y dando tumbos bajar metros adelante a la avenida. Pasmado lo observé en su  loca carrera perderse en la lejanía.
No lo estoy... musité.
Mi vida pudo acabar en ese momento. Terminar en un súbito ocaso el resplandor de una mañana; sin embargo, el azar me permitió ganar esa partida y esa suerte que me protege, me ha facultado pervivir otras más en el transcurso de mi aventura.
Las circunstancias, emociones y pasiones, plasman nuestra existencia de diferentes tonalidades  e intensidad.

 En cualquier etapa de la vida se mezclan los colores en el lienzo personal. Al final, el cuadro deberá llamar la atención por su esplendor o pasar desapercibido por su opacidad y tristeza. Mi deseo es que al final del camino quede una estela de luz y color, en la memoria de mis seres queridos.