domingo, 3 de julio de 2016

¡No lo estoy!...

¡No lo estoy!...



Al final, lo que importa
 no son los años de vida,
sino la vida de los años.
Abraham Lincoln

La vida, como arco multicolor se tiñe de tonalidades diferentes conforme varía la forma de pensar y actuar en cada etapa. El granate define la intensidad de una niñez ávida de emociones, de intrepidez y escaso razonamiento, que impulsa la realización de acciones temerarias o imprudentes, sin pensar en consecuencias; ocurrencias que, solo o acompañado, se planean con el único fin de la diversión. Como aquel día en que el color pudo desvanecerse…
           El año de 1958 cursaba el segundo año de secundaria en el colegio Franco Español, ubicado en la avenida Insurgentes sur, donde hoy se encuentra la Plaza Inn. Escuela para varones con una superficie extensa; construcción antigua colindante al poniente con el colegio Lestonac, para mujeres. Por el lado sur, ambas escuelas limitaban con un pequeño riachuelo de amplias explanadas cubiertas de añosos árboles que nos servían de campo de batalla por las tardes. Dos grupos antagónicos, dos salones distintos, y... una sola rivalidad. Con bolsas de papel estraza, sustraídas del Supermercado 1,2,3, rellenas de arena del río, combatíamos hasta eliminarnos: enemigo blanqueado, era individuo muerto, esa era la regla. Aquel día un volado definió aquel día que el grupo contrario, escogiera los árboles como su guarida.
          Los terrestres caminábamos por ambos bordes escudriñando las alturas. Llevábamos proyectiles en las manos y mochilas. En el recorrido, sorprendieron a Arturo con un impacto en el pecho; al rasgarse la bolsa esparció tierra en el contorno de su figura y una nube grisácea cubrió momentáneamente su faz.
¡Muerto!, ¡muerto! ¾se oyó el griterío desde la arboleda¾, e inmediatamente el silencio encubridor tendió su manto sobre la ubicación de los arborícolas, mas el agresor estaba identificado, y en rápida carrera llegaron dos adversarios a polvearlo.
¡Muerto!, ¡muerto!, estás vengado, Arturo…
            La lucha se prolongó. Al final, sólo quedaba yo por parte de los terrestres, y  bajaron a perseguirme. Acosado, huía desesperado volteando hacia atrás constantemente para eludir los proyectiles, llegué a la banqueta y corrí por la avenida Insurgentes; me seguían muy de cerca gritando:
¡Estás muerto!... ¡estás muerto!
¡No lo estoy! ¾contesté volteando a ver al adversario...
¡Escuché un fuerte rechinido de llantas a mi espalda!, y ¡el aullar desesperado de un claxon!, me paralicé de miedo al sentir una ráfaga de viento zarandearme y percibir un fuerte olor a llanta quemada; vi de reojo una raya azul pasar a centímetros de mi cuerpo. El vehículo crujió con un ruido metálico al trepar al camellón y dando tumbos bajar metros adelante a la avenida. Pasmado lo observé en su  loca carrera perderse en la lejanía.
No lo estoy... musité.
Mi vida pudo acabar en ese momento. Terminar en un súbito ocaso el resplandor de una mañana; sin embargo, el azar me permitió ganar esa partida y esa suerte que me protege, me ha facultado pervivir otras más en el transcurso de mi aventura.
Las circunstancias, emociones y pasiones, plasman nuestra existencia de diferentes tonalidades  e intensidad.

 En cualquier etapa de la vida se mezclan los colores en el lienzo personal. Al final, el cuadro deberá llamar la atención por su esplendor o pasar desapercibido por su opacidad y tristeza. Mi deseo es que al final del camino quede una estela de luz y color, en la memoria de mis seres queridos.

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