lunes, 18 de abril de 2016

Fin de año en Sanctorum

Fin de año en Sanctorum
Gárgamel

            la familia de mi cuñado, había adquirido el casco de la Hacienda de la Concepción, cercana al pueblo de Sanctorum, Tlaxcala; la reconstruyó con sus características originales y adecuó para hospedar familias numerosas. Intentaron también establecer explotaciones agropecuarias intensivas, como la cría de gallos de pelea, de mucha afición en la zona; cabras y borregos, cerdos, gallinas, conejos, árboles frutales y caballos. Con siete hectáreas de terreno árido y sin agua de riego, ninguna actividad productiva era económicamente rentable, pero sí, turísticamente disfrutable.
            Llegaron las diferentes familias el sábado 28 de diciembre desde varios puntos de la República. Al anochecer, pululaban por los salones pláticas animadas, risas estentóreas; anécdotas volátiles, mordaces, sarcásticas, punzantes, que provocaban carcajadas. Corrían abrazos, besos y palmadas afectuosas a posarse sobre cariños lejanos en habitat, pero aferrados en el corazón. La familia… la liga que nos une con la historia.
            la cena de quesadillas y frijoles, circulaba entre mesas de dominó y de cartas, en la enorme sala animada por la fulgente chimenea. Se escuchaba música ruidosa compitiendo con las conversaciones. Al inicio de un rock, varias manos femeninas se tendieron para invitarme a bailar; entre ellas, una pequeña, la de mi hija Yuri, que tenía ocho años y que bailaba conmigo desde los cuatro; obviamente la seleccioné. El ritmo acompasado, el girar de los cuerpos, y la sincronía de los pasos, sorprendió a la concurrencia, que aplaudió entusiasmada.  Vivaz y risueña, Yuri se complacía con el baile. Su regordeta figura, la blanca tez, pelo oscuro y los grandes ojos irradiantes de emoción, demostraron el placer que le causaba ser admirada.
            No recuerdo si fue el domingo o el lunes por la mañana, cuando fui a montar con mi sobrina Tannia y Alejandro, el tercero de mis hijos, de diez años de edad, en ese entonces. Cada quién cabalgaba su caballo, y yo tiraba de las riendas de los de ellos. A  mi sobrina le dio miedo y me pidió que la bajara, que se regresaría caminando; me apeé y cuando la cargué para bajarla, la cabalgadura de Alejandro comenzó a caminar; el caballo pisó sus bridas y al sentir el tirón, se asustó y trotó en dirección al rancho; Alejandro daba tumbos sobre la silla, el caballo respingaba y coceaba espantado; en un brinco, salió despedido cayendo entre las patas de la bestia. Con raspones en cuerpo y cara, por haber caído entre arbustos, lo llevé a que lo atendieran. Su rostro moreno claro, estaba lívido del susto y solo algunas lágrimas resbalaron sobre la almohada antes de entrar en un profundo sueño.
            ¡El día esperado!, el 31 de diciembre, el último día del año en el que Salinas de Gortari, presidente de México, firmo el Tratado de Libre Comercio con Estado Unidos de Norte América y Canadá, que prometía sacar al país del tercer mundo e impulsarlo al primero, sin conseguirlo; ¡por fin, terminaba un año de malos augurios! Ese día, comenzamos muy temprano a instalar los puestos de la kermés que se iniciaría al mediodía: puestos de comida, bebidas, juegos, lectura de cartas y karaoke.
            Se distribuyeron billetes de juguete para pagar los juegos y comenzó la fiesta: puestos adornados con flores, vistosas ollas de comida, guisados con olores que te abrían el apetito: tacos, sopes, mole, arroz, rajas; delicias que fuimos degustando en el rondar de los locales. Nuestro puesto: tiro al blanco, con dardos. Un local muy concurrido fue el de Ali Baba, lectura de cartas, del café, de manos. La prima Martha, con  toga y turbante, pronosticaba el futuro de cada uno de la familia que se acercaba. A la mayoría de las mujeres les predijo que había un bebé en su futuro cercano; bromeaban con ello, unas festejando y otras, lamentándolo.
            Se escuchaban la canciones interpretadas en el karaoke, la mayoría de los participantes desafinaba. Escuché, una voz conocida y voltee, era Mauricio, mi hijo de catorce años, interpretando:
…con zapatos de tacón 
las nenas se ven mejor 
que con zapatos de piso... 

            Tomaba el micrófono, cantaba y se movía en escenario con la naturalidad de un interprete de carrera. Los primos lo aplaudieron y le pidieron más canciones. Ahí intuí que su profesión serían las artes histriónicas.
            Día primero del nuevo año, día de ducha obligada. Y para cumplir con este aforismo, Vanessa mi hija mayor, de 16 años, naufragó junto con dos primas, con la canoa en el pequeño jagüey. Enlodadas, atravesaron la hilera de familiares sonrientes, como aves fénix, que fracasaron al cruzar el pantano.
Días después, las predicciones de mi prima Martha se hicieron realidad en su familia:
¡Su hija adolescente, estaba embarazada!


lunes, 11 de abril de 2016

La decisión

La decisión


A los cuarenta años era Residente de un fideicomiso en Zamora, Michoacán. El objetivo: recuperar cartera vencida, generada en el Banco de Crédito Rural. En el último piso del edificio más alto de la ciudad, resguardado por paredes de cristal, observaba los techos de teja de gran parte del poblado y a la distancia, el verde de los cultivos de Alfalfa y de fresas. Con diez empleados, tratábamos de hacer un trabajo al parecer, imposible: recuperar cartera vencida, considerada incobrable, por el Banco.
Era un hombre deportista, por las mañanas, trotaba por el campo diez kilómetros diarios. Después de desayunar en la casa de huéspedes dónde me alojaba de lunes a viernes, dedicaba el día a actividades de trabajo; había pocas posibilidades de diversión en aquel pueblo conservador que era Zamora en el año de 1984. Los viernes por la noche salía en autobús a la ciudad de México, para estar con la familia los fines de semana y convivir mis cuatro hijos y mi esposa.
Un lunes del mes de mayo, con el sol  abrumándonos través de los cristales de la oficina, recibí la invitación de regresar a la matriz del Banco, con un puesto gerencial. Me entusiasmé, ya que la propuesta equivalía a obtener mayores ingresos, avanzar tres escalones dentro del escalafón, vivir permanentemente con la familia y, abandonar  el ostracismo dónde me encontraba. Definitivamente, iba aceptar; y, comencé a planear el modo de hacerlo. Todavía no me consideraba viejo, aun el castaño de mi pelo dominaba a las canas, que irrefrenables a avanzaban, me invadían, y en poco tiempo, dominarían la cabellera. Atusándome  el bigote, que descendía sobre las comisuras de la boca y llegaba cerca del mentón, divagaba. Era una manía a la que recurría cuando estaba nervioso. Me quité los lentes impregnados de sudor por el horno en que me encontraba, y limpié los cristales. Pensé que me encontraba en un punto de quiebre, que alteraría mi vida y las de mis dependientes. Y así soñando, regresé el carrete de los recuerdos para situarme en otro punto trascendente que determinó mi futuro:
Era el año de 1963, transportaba el combustible a los siete ranchos en los que se barbechaba la tierra para la siembra del trigo. La mañana soleada reverberaba sobre el asfalto grisáceo e interminable del desierto, sembrando espejismos acuosos, que  ondulaban a la distancia. La línea se perdía en la punta de las Lomas rasguñando el horizonte, y partiendo el  desierto en dos mitades. Las tolvaneras luchando por sepultar el camino con ráfagas de arena amarillenta, remolineaban, arrastrando bolas del desierto. Con el viejo pickup, entregaba los tambos, transitando por caminos de terracería. De regreso, debería de atravesar el lecho de un río seco, ancho y arenoso; los vehículos dejaban huella, y había que seguir las menos profundas, que indicaban el terreno más firme.
Al llegar al cauce, el atardecer con tonalidades rojas, jugaba con las nubes y los cactos, alargando sus sombras sobre la arena;  bajé y me enfilé con velocidad a atravesar el río; el viejo pickup rugía dispuesto a enfrentar el reto; no debía desacelerarse para alcanzar la otra orilla. Avanzaba entre tumbos, cuando una piedra grande detuvo la camioneta y...  se atascó.
Durante varias horas intenté destrabar el vehículo, sin resultado. La noche desértica, plagada de estrellas destellaba sonrisas, y una  luna obesa y complaciente, precedió mi camino al buscar auxilio. El viento, parsimonioso y helado, enfriaba nariz y orejas con sensaciones de ardor. Los dieciocho años de vida, temblaban bajo una triste chamarra ligera y un pantalón de mezclilla.
Seguí la vereda hacia la ranchería más cercana, a quince kilómetros de distancia, escoltado ocasionalmente por sombras sigilosas, que a distancia trotaban silenciosamente.
Caminando, analizaba mi vida:
¡¿Qué carajos hago aquí?!, ¿voy a seguir siendo ayudante general toda la vida? ¿A qué aspiro?... ¿A ser Administrador de un rancho?
El desierto me hablaba mientras caminaba; el paso del viento entre matorrales y cactos, emitía sonidos que confundidos con los de la naturaleza nocturna, ahogaban los de mis pisadas...
La paso muy bien aquí; salvo éstos accidentes, no tengo problemas. Me divierto con los amigos, tenemos fiesta cada sábado; nuestro equipo de futbol está muy bien posicionado en la liga Estatal, y soy pieza importante; tengo éxito con las amigas. Entonces ¿Qué quiero?, ¿qué busco? No sé bien. Lo que sí entiendo es que si permanezco en Ciudad Jiménez, no voy a pasar de empleado de rancho.
Con estas reflexiones llegué al caserío por la madrugada; una caterva de amenazantes  perros salió a recibirme gruñendo y ladrando desaforadamente: entendí, y quedándome inmóvil, esperé hasta que los habitantes acudieran al rescate.
Con ayuda de un tractor, sacaron del río la pickup. Durante varios días rondaron por mi mentes las reflexiones de aquella noche en el desierto. No tardé mucho en tomar la decisión, pedí vacaciones y me regresé al Distrito Federal... para nunca más volver.
Negocié con mis padres la acogida en su casa hasta encontrar trabajo. De buena gana aceptaron, al sentir que la actitud de ahora era diferente a la de hacía un año. Respetaron mi necesidad de independencia y me alentaron a seguir adelante.
Conseguí trabajo en una óptica dónde se fabricaban lentes de contacto y prótesis oculares;   y logré inscribirme en la preparatoria nocturna Benito Juárez, situada en el barrio de la Merced. En el trabajo comencé de ayudante general, "Chícharo ", barriendo las virutas de los tornos y comprando las tortas de los trabajadores, pero pronto comencé a cortar con el torno las barras plásticas con que se fabrican los lentes y, posteriormente, a hacer las prótesis y delinear el globo ocular con las delicadas arterias. En ocasiones, todavía sueño cómo se veía la cuenca rojiza, húmeda y vacía, sostenida por restiradores, para incrustar la prótesis;  y al doctor Salcedo, sostener con la pinza el globo ocular y acomodarlo en su sitio.
Duré tres meses en la casa de mis padres y mudé mis pocas pertenencias a una pensión situada a dos cuadras de distancia, la casa de "doña Josefina", una mujer canadiense, entrada en años, con varios huéspedes eventuales y uno permanente... la vaca, que ordeñaba cada mañana.


Un domingo de 1950

Un domingo de 1950


Me levantaron temprano para ir a comprar la barbacoa al mercado; parecía que era invierno, porque mamá decidió ponerme un abrigo gris de fieltro, al que levantó el cuello al abrocharlo, lo que obligó a que respirara entre solapas; el atuendo cubría las piernas que dejaba expuestas el pantalón corto; como complemento: calcetines altos, medias botas, y una cachucha. Tomado de la mano de mi padre caminamos las cuatro cuadras que nos separaban del lugar. Comer barbacoa los domingos, era un ritual en el que participábamos toda la familia: nuestros padres, tres hermanas, Jesús y yo.
Gustaba de ir al mercado, ver a la gente comprar y dialogar con los comerciantes; disfrutar los olores de frutas y flores, y saborear las probaditas en los diferentes puestos. En el almuerzo, nos preparaban gruesos tacos ¾difíciles de abarcar con nuestras pequeñas manos¾ que desbordaban la carne o el aguacate en el plato al dar la mordida; Mofletudos, con el alimento en la boca, tratábamos de articular conversaciones inentendibles, causando la bulla de los demás y la cantinela de mamá: el que come y canta…  loco se levanta
Ese día, después del almuerzo, fuimos al futbol; llevaba la pelota azul con la que siempre jugaba en el departamento. Gran aficionado del Necaxa, nuestro padre asistía regularmente con el abuelo materno a los partidos que se desarrollaban en el estadio de la Ciudad de los Deportes. En aquella ocasión, fuimos sólo él y yo.
Bajamos del autobús y caminamos presurosos rumbo al estadio; un río de gente acompañaba el transitar, ondeando banderines de los equipos en disputa; alegres conversadores nos rodeaban y rebasaban con pasos inquietos. Bordeados por puestos de comida, el olor de los guisos con chorizo flotaba en el ambiente; los taqueros vociferaban la excelencia de sus productos; vendedores de baratijas tendían su mercancía sobre el pavimento. Mi padre, apresuraba el paso, la turba engrosaba conforme nos acercábamos al estadio. Con dificultad, trataba de seguirle el paso, hasta que comenzó a dolerme el hígado, y lloré. Con rapidez me montó sobre sus hombros, y después de un trecho, llegamos a las taquillas. Una larga fila de aficionados esperaba para comprar boletos. Ya estábamos a la mitad, cuando mi padre, nervioso, se asomó a observar a los del principio. De improviso, volteó y dijo:
¾ ¡No te muevas!, ¡no te salgas de la fila!
Caminó rápido hacia la taquilla, al llegar se armó una confusión y poco después, regresó ruborizado, sudoroso; y  la fila comenzó a avanzar.
Después del partido llegamos a casa y mamá, preguntó:
¾¿Cómo les fue en el partido, hijo?
¾Bien, Papá se encontró un amigo, le gritó: ¡Señor, Cabrera!, ¡cabrera!, ¡no te metas, cabrera!, y me dejó solo para ir a darle un abrazo…
 Pasé la tarde pateando la pelota azul; rebotaba en las patas de la mesa, en las paredes de la sala, en los sillones, hasta que exasperado, mi padre me la quitó.

¾¡Vengan a merendar!, gritó nuestra madre.
En tropel, llegamos a la mesa y ocupamos nuestro lugar. Llegó con una charola de pan de dulce  y una botella de leche. Bertha, la hermana mayor, dijo:
¾Enciende el radio, ya ha de estar Cri-Cri
Mi madre lo hizo y, escuchamos la melodía de introducción al programa:
¾¿Quién es el anda ahí?
¾ Es, Cri-cri, es Cri-cri.
¾Y ¿Quién es ese señor?
¾¡El grillo, cantor!
Y… Comenzó la narración de historias intercaladas con canciones: brujas en castillos, perros en la escuela, mundos de dulce y galleta, un ratón vaquero, la muñeca rota y fea; esa patita, que se contoneaba al caminar y tenía un marido haragán y perezoso; el chorrito de agua con calor, platicando con una hormiga emperifollada…
 Media hora intensa de fantasía e ilusiones; media hora, que no queríamos que terminara nunca.
Y después… La voz de Tomás Perrín y la de Velia Vegar, diciendo:
¾¡Cuidado, Carlos!, ¡cuidado!
¾¡Dispara, Margot!, ¡dispara!
¡Bang!, ¡bang!
¾XEW, la voz de la América Latina desde México, presenta:
 ¡La policía, siempre vigila!
            El día terminó con la voz de mi madre diciendo:
¾¡A dormir, niñas! Que mañana tienen escuela. Y… Jesús y yo, nos fuimos detrás de ellas.


  

domingo, 10 de abril de 2016

1979

1979

El sabor de la separación es
 un sabor lleno de amargura.
Las mil y una noches

El sol ardiente de Mérida manifestaba su rabia la mañana de aquél sábado 14 de Julio, camino al aeropuerto. Una humedad sofocante se aferraba a nuestros cuerpos, aprisionándolos entre las ropas mojadas. Con el sudor lagrimeando dolor, afloraba la tensión de los últimos días plagados de pláticas largas, discusiones interminables, reiterados reclamos por problemas no solucionados, saturando el interior del vehículo, y enrareciendo el ambiente. El aire caliente que penetraba por las ventanillas no alcanzaba a barrer el mal sabor, ni a disminuir la temperatura, sólo la distraía, la cambiaba de lugar. Patricia, al lado mío, su madre, y nuestros pequeños: Vanessa, de tres años y Mauricio de uno, en el asiento trasero.  El silencio abrumante me obligaba a divagar sobre la inquietud del futuro como pareja: la relación se deterioraba rápidamente, el desgaste sufrido en los últimos meses era palpable; nuestros pensamientos divergían como veredas desprendidas de un camino, se separaban, dibujando personalidades diferentes. Pendíamos de un hilo que se relajaba y estiraba en cada encuentro, y sus fibras se debilitaban con el movimiento. Ella ¡quería libertad!, se sentía atada, obstaculizada en su desarrollo personal; aducía que había pasado de la custodia y restricciones paternas, a las del matrimonio. Quería vivir sola un tiempo; propuso una separación temporal.
            Aunque esperaba la propuesta, me impactó. Nunca había pensado en una separación, en un divorcio. Sentí que nuestro matrimonio colapsaba, como recientemente había sucedido con el temblor de marzo a los edificios de una universidad. Imaginé ruinas, fracasos en lo construido a lo largo de ocho años. Había tratado de convencerla que lo siguiéramos intentando, de buscar soluciones… inútil, ya había decidido.
            Habíamos llegado a la península con la idea de  consolidar nuestro matrimonio, de compartir más tiempo en familia, de iniciar un nuevo rumbo. El trabajo en la ciudad de México demandaba viajes seguidos y prolongados a diferentes partes de la república. Patricia reclamaba constantemente mis ausencias en actividades importantes, y se sentía poco apoyada en situaciones de emergencia, como las que había padecido en dos ocasiones, cuando la internaron en el hospital, y tuve que regresar apresuradamente al Distrito Federal. Me insistía en que me negara a salir comisionado, como hacían algunos compañeros; no lo podía hacer, cumplía con una actividad para la que había sido contratado. Pensábamos que en Yucatán, la situación cambiaría. Sin embargo resultó similar, aunque con ausencias más cortas.
            Días antes del regreso a la ciudad de México de Patricia y los niños, llegó su madre para ayudarla a empacar. Pensaba que podría ser un factor de disuasión; no fue así, creo que  apuntaló su decisión.  Entre ella y yo siempre privó la distancia, el recelo, la animosidad. La guerra fría comenzó desde el noviazgo con su hija, no me aceptaba por ser contestatario y crítico. Como la confrontación mundial entre las dos grandes potencias, nuestro encono a nivel particular, estaba plagado de zancadillas y dulces venganzas.
           
Camino al aeropuerto, en la radio del vehículo se escuchaba la canción: Just the way you are, interpretada por Barry White; Patricia se acercó a mí y me dijo: te quiero tal como eres, es el título de la melodía en español. Dice en una parte, que nunca cambies… así, te quiero. Me dejó desconcertado, por las circunstancia en la que nos encontrábamos.
            A través de los cristales de la sala de espera del aeropuerto veía las pequeñas manos de mis hijos agitarse, despidiéndose. Al caminar hacia el avión, recibí el último adiós. La tranquilidad que hasta el momento había aparentado se cuarteó, destilando emociones que escurrieron lentamente por mis mejillas. 
            No quería regresar a casa, por la mañana se había ido el camión de la mudanza cargado con todo el mobiliario; sentía temor de llegar a un lugar desolado y oscuro, como sentía mi interior. Pasé la tarde y parte de la noche vagando por la ciudad en calidad de enajenado, con una opresión en el pecho que se inició desde el momento en que salí del aeropuerto; me faltaba el aire y sentía un nudo permanente en el estómago. La inquietud constante me perseguía y el deseo de huir, de abandonar los lugares en que me encontraba hacía que deambulara por la ciudad, sin rumbo.
            Llegué alrededor de la media noche, el alumbrado público esbozaba la sombra de la casa: enorme, oscura, e intimidante. Se aprestaba a mostrarme la soledad. Esperé un rato evocando las noches vívidas y luminosas pasadas en el jardín, disfrutando con los niños la frescura nocturna de una noche estrellada en aquella hermosa ciudad. Por fin, me decidí: crucé la reja, el césped, abrí la puerta y  encendí la luz. Los espacios vacíos, como fantasmas iluminados por lámparas truncas ¾desprovistas de sus pantallas¾ emitían haces amarillentos, titilantes, que les daban vida, y parecían  solazarse en su desnudez. Recorrí la casa encendiendo luces para sentirme acompañado hasta llegar a la recámara principal, donde me recibieron preocupados, el viejo televisor y una cama individual, únicos testigos de mi desazón. Pasé la noche sin dormir, acompañado de la opresión en el pecho, dolor en el alma y lágrimas desbordadas, humedeciendo la almohada.
            Fin de una etapa de alegrías y tristezas, amor y desamor; construcción y destrucción. Vida y muerte: procesos antagónicos, complementarios e indivisibles, que limitan todo lo existente.





miércoles, 6 de abril de 2016

Y... se hizo la chica

Y… se hizo la chica



Sólo dos legados duraderos
Podemos dejar a nuestros hijos,
Uno, raíces; otro, alas
Hodding Carter

La recámara caliente, sofocante; alumbrada por dos lámparas de mesa, permanecía saturada de humores estancos y deficiente circulación de aire. El nerviosismo y la tensión, cobijaban la escena. Mi madre, inquieta y adolorida, en el trabajo de parto desde la madrugada. Acostada sobre una manta blanca en la vieja cama y vigilada por el crucifijo colgado en la pared de la cabecera, sentía los movimientos hábiles de la partera acomodándola y urgiendo con voz animosa, a que me expulsara. Amparo, sudaba y se quejaba con lamentos ahogados y hacía esfuerzos por impulsarme al mundo. Al parecer, yo me resistía. La anciana, con voz maternal, la incitaba:
¾¡Puja!, ¡puja! Toma aire y… ¡vuelve a pujar!
Llevaba más de tres horas en esa labor, desde que mi padre había ido por doña Mercedes.
Con el último esfuerzo, ¡asomé la cabeza! Ayudado por las expertas manos, la giré para sacar el hombro y deslice el cuerpo escurriéndome en los brazos de la matrona, que me limpió y dio la primera nalgada de mi vida. Lloré con la fuerza del reclamo, al intuir  que había salido de un mundo protegido: La expulsión del edén me provocaba inseguridad, el encuentro con sentimientos y pasiones… Me alteraba pasar a la vida independiente.
Doña Mercedes ligó y cortó el cordón umbilical; me limpió y entregó a mi madre .
Exhausta, quitándose el sudor de la cara con un paño húmedo; esbozando una sonrisa cansada, y plena de satisfacción por haber traído al mundo una nueva vida, preguntó:
¾¿Es hombre o mujer?… ¿Está bien?
¾Sí, doña Amparo, es hombre y se ve muy sano.
¾ Comuníqueselo a mi marido y páseme al niño, quiero tener en mi regazo al primer hijo.
Mi padre recibió la noticia con asombro y júbilo, acompañado de mis tres hermanas: Bertha, Josefina y Angélica. Entró en la recámara, besó cariñosamente a su esposa, se congratuló con ella que hubiera sido varón y salió apresuradamente a comprar ropa de bebé, azul, y una caja de puros.
Dos días después, se reincorporó a sus labores en el Banco de México. Entró a la oficina con la satisfacción pintada en el rostro y recibió las felicitaciones efusivas de sus compañeros de trabajo; repartió los puros, y se dirigió a los escritorios de Martín y Felipe con las palmas de las manos hacia arriba y moviendo los dedos con rapidez, les requirió:
¾¡Paguen!, ¡paguen su apuesta! ¡Se hizo la chica!... ¡Fue niño!
La expectativa de mi padre al tener un hijo, era grande. Tal vez, pensaba que un varón podría ser el sostén, en caso de ausencia. En su familia fueron cinco mujeres y él; la situación podría repetirse: los padres eran sus dependientes.










 Y… se hizo la chica



Sólo dos legados duraderos
Podemos dejar a nuestros hijos,
Uno, raíces; otro, alas
Hodding Carter

La recámara caliente, sofocante; alumbrada por dos lámparas de mesa, permanecía saturada de humores estancos y deficiente circulación de aire. El nerviosismo y la tensión, cobijaban la escena. Mi madre, inquieta y adolorida, en el trabajo de parto desde la madrugada. Acostada sobre una manta blanca en la vieja cama y vigilada por el crucifijo colgado en la pared de la cabecera, sentía los movimientos hábiles de la partera acomodándola y urgiendo con voz animosa, a que me expulsara. Amparo, sudaba y se quejaba con lamentos ahogados y hacía esfuerzos por impulsarme al mundo. Al parecer, yo me resistía. La anciana, con voz maternal, la incitaba:
¾¡Puja!, ¡puja! Toma aire y… ¡vuelve a pujar!
Llevaba más de tres horas en esa labor, desde que mi padre había ido por doña Mercedes.
Con el último esfuerzo, ¡asomé la cabeza! Ayudado por las expertas manos, la giré para sacar el hombro y deslice el cuerpo escurriéndome en los brazos de la matrona, que me limpió y dio la primera nalgada de mi vida. Lloré con la fuerza del reclamo, al intuir  que había salido de un mundo protegido: La expulsión del edén me provocaba inseguridad, el encuentro con sentimientos y pasiones… Me alteraba pasar a la vida independiente.
Doña Mercedes ligó y cortó el cordón umbilical; me limpió y entregó a mi madre .
Exhausta, quitándose el sudor de la cara con un paño húmedo; esbozando una sonrisa cansada, y plena de satisfacción por haber traído al mundo una nueva vida, preguntó:
¾¿Es hombre o mujer?… ¿Está bien?
¾Sí, doña Amparo, es hombre y se ve muy sano.
¾ Comuníqueselo a mi marido y páseme al niño, quiero tener en mi regazo al primer hijo.
Mi padre recibió la noticia con asombro y júbilo, acompañado de mis tres hermanas: Bertha, Josefina y Angélica. Entró en la recámara, besó cariñosamente a su esposa, se congratuló con ella que hubiera sido varón y salió apresuradamente a comprar ropa de bebé, azul, y una caja de puros.
Dos días después, se reincorporó a sus labores en el Banco de México. Entró a la oficina con la satisfacción pintada en el rostro y recibió las felicitaciones efusivas de sus compañeros de trabajo; repartió los puros, y se dirigió a los escritorios de Martín y Felipe con las palmas de las manos hacia arriba y moviendo los dedos con rapidez, les requirió:
¾¡Paguen!, ¡paguen su apuesta! ¡Se hizo la chica!... ¡Fue niño!
La expectativa de mi padre al tener un hijo, era grande. Tal vez, pensaba que un varón podría ser el sostén, en caso de ausencia. En su familia fueron cinco mujeres y él; la situación podría repetirse: los padres eran sus dependientes.