miércoles, 6 de abril de 2016

Pinceladas

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La calidad de un pintor depende de
 la cantidad de pasado que lleve consigo.
Pablo Picasso

Si quisiera atrapar destellos de vida, derramaría sobre el lienzo brochazos verdes y amarillentos de una niñez libre, feliz, sin complicaciones, donde el ingrediente principal fue el juego; plasmaría el fondo abstracto con movimientos bruscos, rápidos e huidizos, como la forma de vida de esa etapa, plena de curiosidad, creatividad y actividad desordenada; de confianza ingenua y solidaria con el grupo de amigos. Un toque de color bermellón, encendería la señal de alarma en mis diez años, por la rivalidad con los del lado oriente de la calle de Alberto Zamora, en Coyoacán. Comandados por el Perico,  una ocasión nos atacaron, cercándonos cuando disputábamos un encuentro de futbol. El Caicay, el Chocolate y el Ciego, sus subalternos, iban cubiertos con pasamontañas y suéteres; el Perico, tras la careta de esgrima que lo caracterizaba en las batallas, empuñaba su arma, una pequeña resortera adaptada para disparar cáscaras de naranja. Eran imbatibles… ¡no les dolían los proyectiles que les tirábamos! Cubiertos únicamente con camisetas y escasos de “parque” ¾sólo la reserva que conservábamos en los bolsillos¾ aguantamos un rato la contienda, y huimos atropelladamente hasta llegar al “terreno”, un lote bardeado que era la guarida; subimos de dos trancos  al borde, y contraatacamos con piedras surtidas desde nuestro territorio. Juraron vengarse… aún,  los espero.
            En mi adolescencia, el fondo del lienzo lo pintaría de azul, y trazaría una línea rosada curveando y contoneándose por el centro de la pintura durante el ascenso; la núbil figura femenina se ramificaría en rojas hebras delgadas irradiantes de pasión, salpicaría las sutiles ramas diversificadas del tronco. Brochazos naranjas, rojos, violetas y morados, acompañarían la escalada de la línea curva y se difuminarían en el fondo: emociones, sueños, aventuras, fracasos y decepciones que metabolicé en el camino. La línea rosada, de bellos ojos azules iluminaría el entorno y su cabellera castaña, terminada en un ligero bucle, reposada en los hombros, alfombraría mi tentación. Con esta imagen en la mente, me veo caminando a su casa tomados de la mano de ella, por los callejones estrechos y antiguos de Coyoacán; sintiendo la tibieza de su palma y el roce en nuestros dedos entrelazados; bajo la sombra de un árbol enorme, nos recargaríamos, sintiendo la rugosa corteza acariciarnos, como si la sabiduría ancestral del anciano estimulara nuestro amor juvenil. Reposados en él y acompañados de una ligera brisa que refrescaría nuestras emociones, abanicándonos con sus ramas mientras disfrutando de la humedad caliente de nuestras bocas, lubricamos ansiosamente nuestros labios turgentes, transmitiéndonos amor.
            En la madurez de la vida, la prioridad era encausar el desarrollo sano y productivo de los hijos. Época de trabajo intenso y competitivo, de lucha constante , y también de diversión en la convivencia con ellos. El resultado se plasmaría en el lienzo, con cuatro figuras bosquejadas en el horizonte, verticales e incólumes, enmarcadas de auras coloridas, contrastantes con el fondo cerúleo del centro de la pintura. Un desarrollo polifónico de la sinfonía familiar decantando cariño. Extenderían sus brazos señalando a siete plantas de aciano, con flores violetas y moradas, colores de los sentimientos puros y delicados: mis nietos, vida y movimiento del eje central del lienzo.
            Entre nubes, tratando de filtrar rayos, intento dar luz y calentar el ambiente, sin socarrarlo. Sé que el crepúsculo no calienta, pero por razón natural, aspiro a extenderlo.
            ¿Qué es la vida?
Un juego de opciones múltiples, plagado de aventuras, sueños, emociones y pasiones, en el que cada decisión deriva en cambios del camino. Es el transitar por interminables laberintos, que recorres a veces solo, otras acompañado; avanzando a trompicones, dudoso en ocasiones, ciego en otras, hacia delante, porque conforme transitas, el pasado se derrumba y desmorona, quedando en ti  la nube de recuerdos que origina el derrumbe.
La vida, un juego cuyo objetivo es buscar la felicidad, se vislumbra como la zanahoria delante de la cara del jamelgo, que esforzándose por alcanzarla, avanza. La felicidad… una expectativa. El laberinto sólo tiene una salida: comencé a recorrerlo hace setenta y un años; deambulo con parsimonia los últimos tramos; sé que llegaré, es inevitable, pero… retardo la última pincelda.

            

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