lunes, 11 de abril de 2016

La decisión

La decisión


A los cuarenta años era Residente de un fideicomiso en Zamora, Michoacán. El objetivo: recuperar cartera vencida, generada en el Banco de Crédito Rural. En el último piso del edificio más alto de la ciudad, resguardado por paredes de cristal, observaba los techos de teja de gran parte del poblado y a la distancia, el verde de los cultivos de Alfalfa y de fresas. Con diez empleados, tratábamos de hacer un trabajo al parecer, imposible: recuperar cartera vencida, considerada incobrable, por el Banco.
Era un hombre deportista, por las mañanas, trotaba por el campo diez kilómetros diarios. Después de desayunar en la casa de huéspedes dónde me alojaba de lunes a viernes, dedicaba el día a actividades de trabajo; había pocas posibilidades de diversión en aquel pueblo conservador que era Zamora en el año de 1984. Los viernes por la noche salía en autobús a la ciudad de México, para estar con la familia los fines de semana y convivir mis cuatro hijos y mi esposa.
Un lunes del mes de mayo, con el sol  abrumándonos través de los cristales de la oficina, recibí la invitación de regresar a la matriz del Banco, con un puesto gerencial. Me entusiasmé, ya que la propuesta equivalía a obtener mayores ingresos, avanzar tres escalones dentro del escalafón, vivir permanentemente con la familia y, abandonar  el ostracismo dónde me encontraba. Definitivamente, iba aceptar; y, comencé a planear el modo de hacerlo. Todavía no me consideraba viejo, aun el castaño de mi pelo dominaba a las canas, que irrefrenables a avanzaban, me invadían, y en poco tiempo, dominarían la cabellera. Atusándome  el bigote, que descendía sobre las comisuras de la boca y llegaba cerca del mentón, divagaba. Era una manía a la que recurría cuando estaba nervioso. Me quité los lentes impregnados de sudor por el horno en que me encontraba, y limpié los cristales. Pensé que me encontraba en un punto de quiebre, que alteraría mi vida y las de mis dependientes. Y así soñando, regresé el carrete de los recuerdos para situarme en otro punto trascendente que determinó mi futuro:
Era el año de 1963, transportaba el combustible a los siete ranchos en los que se barbechaba la tierra para la siembra del trigo. La mañana soleada reverberaba sobre el asfalto grisáceo e interminable del desierto, sembrando espejismos acuosos, que  ondulaban a la distancia. La línea se perdía en la punta de las Lomas rasguñando el horizonte, y partiendo el  desierto en dos mitades. Las tolvaneras luchando por sepultar el camino con ráfagas de arena amarillenta, remolineaban, arrastrando bolas del desierto. Con el viejo pickup, entregaba los tambos, transitando por caminos de terracería. De regreso, debería de atravesar el lecho de un río seco, ancho y arenoso; los vehículos dejaban huella, y había que seguir las menos profundas, que indicaban el terreno más firme.
Al llegar al cauce, el atardecer con tonalidades rojas, jugaba con las nubes y los cactos, alargando sus sombras sobre la arena;  bajé y me enfilé con velocidad a atravesar el río; el viejo pickup rugía dispuesto a enfrentar el reto; no debía desacelerarse para alcanzar la otra orilla. Avanzaba entre tumbos, cuando una piedra grande detuvo la camioneta y...  se atascó.
Durante varias horas intenté destrabar el vehículo, sin resultado. La noche desértica, plagada de estrellas destellaba sonrisas, y una  luna obesa y complaciente, precedió mi camino al buscar auxilio. El viento, parsimonioso y helado, enfriaba nariz y orejas con sensaciones de ardor. Los dieciocho años de vida, temblaban bajo una triste chamarra ligera y un pantalón de mezclilla.
Seguí la vereda hacia la ranchería más cercana, a quince kilómetros de distancia, escoltado ocasionalmente por sombras sigilosas, que a distancia trotaban silenciosamente.
Caminando, analizaba mi vida:
¡¿Qué carajos hago aquí?!, ¿voy a seguir siendo ayudante general toda la vida? ¿A qué aspiro?... ¿A ser Administrador de un rancho?
El desierto me hablaba mientras caminaba; el paso del viento entre matorrales y cactos, emitía sonidos que confundidos con los de la naturaleza nocturna, ahogaban los de mis pisadas...
La paso muy bien aquí; salvo éstos accidentes, no tengo problemas. Me divierto con los amigos, tenemos fiesta cada sábado; nuestro equipo de futbol está muy bien posicionado en la liga Estatal, y soy pieza importante; tengo éxito con las amigas. Entonces ¿Qué quiero?, ¿qué busco? No sé bien. Lo que sí entiendo es que si permanezco en Ciudad Jiménez, no voy a pasar de empleado de rancho.
Con estas reflexiones llegué al caserío por la madrugada; una caterva de amenazantes  perros salió a recibirme gruñendo y ladrando desaforadamente: entendí, y quedándome inmóvil, esperé hasta que los habitantes acudieran al rescate.
Con ayuda de un tractor, sacaron del río la pickup. Durante varios días rondaron por mi mentes las reflexiones de aquella noche en el desierto. No tardé mucho en tomar la decisión, pedí vacaciones y me regresé al Distrito Federal... para nunca más volver.
Negocié con mis padres la acogida en su casa hasta encontrar trabajo. De buena gana aceptaron, al sentir que la actitud de ahora era diferente a la de hacía un año. Respetaron mi necesidad de independencia y me alentaron a seguir adelante.
Conseguí trabajo en una óptica dónde se fabricaban lentes de contacto y prótesis oculares;   y logré inscribirme en la preparatoria nocturna Benito Juárez, situada en el barrio de la Merced. En el trabajo comencé de ayudante general, "Chícharo ", barriendo las virutas de los tornos y comprando las tortas de los trabajadores, pero pronto comencé a cortar con el torno las barras plásticas con que se fabrican los lentes y, posteriormente, a hacer las prótesis y delinear el globo ocular con las delicadas arterias. En ocasiones, todavía sueño cómo se veía la cuenca rojiza, húmeda y vacía, sostenida por restiradores, para incrustar la prótesis;  y al doctor Salcedo, sostener con la pinza el globo ocular y acomodarlo en su sitio.
Duré tres meses en la casa de mis padres y mudé mis pocas pertenencias a una pensión situada a dos cuadras de distancia, la casa de "doña Josefina", una mujer canadiense, entrada en años, con varios huéspedes eventuales y uno permanente... la vaca, que ordeñaba cada mañana.


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