domingo, 10 de abril de 2016

1979

1979

El sabor de la separación es
 un sabor lleno de amargura.
Las mil y una noches

El sol ardiente de Mérida manifestaba su rabia la mañana de aquél sábado 14 de Julio, camino al aeropuerto. Una humedad sofocante se aferraba a nuestros cuerpos, aprisionándolos entre las ropas mojadas. Con el sudor lagrimeando dolor, afloraba la tensión de los últimos días plagados de pláticas largas, discusiones interminables, reiterados reclamos por problemas no solucionados, saturando el interior del vehículo, y enrareciendo el ambiente. El aire caliente que penetraba por las ventanillas no alcanzaba a barrer el mal sabor, ni a disminuir la temperatura, sólo la distraía, la cambiaba de lugar. Patricia, al lado mío, su madre, y nuestros pequeños: Vanessa, de tres años y Mauricio de uno, en el asiento trasero.  El silencio abrumante me obligaba a divagar sobre la inquietud del futuro como pareja: la relación se deterioraba rápidamente, el desgaste sufrido en los últimos meses era palpable; nuestros pensamientos divergían como veredas desprendidas de un camino, se separaban, dibujando personalidades diferentes. Pendíamos de un hilo que se relajaba y estiraba en cada encuentro, y sus fibras se debilitaban con el movimiento. Ella ¡quería libertad!, se sentía atada, obstaculizada en su desarrollo personal; aducía que había pasado de la custodia y restricciones paternas, a las del matrimonio. Quería vivir sola un tiempo; propuso una separación temporal.
            Aunque esperaba la propuesta, me impactó. Nunca había pensado en una separación, en un divorcio. Sentí que nuestro matrimonio colapsaba, como recientemente había sucedido con el temblor de marzo a los edificios de una universidad. Imaginé ruinas, fracasos en lo construido a lo largo de ocho años. Había tratado de convencerla que lo siguiéramos intentando, de buscar soluciones… inútil, ya había decidido.
            Habíamos llegado a la península con la idea de  consolidar nuestro matrimonio, de compartir más tiempo en familia, de iniciar un nuevo rumbo. El trabajo en la ciudad de México demandaba viajes seguidos y prolongados a diferentes partes de la república. Patricia reclamaba constantemente mis ausencias en actividades importantes, y se sentía poco apoyada en situaciones de emergencia, como las que había padecido en dos ocasiones, cuando la internaron en el hospital, y tuve que regresar apresuradamente al Distrito Federal. Me insistía en que me negara a salir comisionado, como hacían algunos compañeros; no lo podía hacer, cumplía con una actividad para la que había sido contratado. Pensábamos que en Yucatán, la situación cambiaría. Sin embargo resultó similar, aunque con ausencias más cortas.
            Días antes del regreso a la ciudad de México de Patricia y los niños, llegó su madre para ayudarla a empacar. Pensaba que podría ser un factor de disuasión; no fue así, creo que  apuntaló su decisión.  Entre ella y yo siempre privó la distancia, el recelo, la animosidad. La guerra fría comenzó desde el noviazgo con su hija, no me aceptaba por ser contestatario y crítico. Como la confrontación mundial entre las dos grandes potencias, nuestro encono a nivel particular, estaba plagado de zancadillas y dulces venganzas.
           
Camino al aeropuerto, en la radio del vehículo se escuchaba la canción: Just the way you are, interpretada por Barry White; Patricia se acercó a mí y me dijo: te quiero tal como eres, es el título de la melodía en español. Dice en una parte, que nunca cambies… así, te quiero. Me dejó desconcertado, por las circunstancia en la que nos encontrábamos.
            A través de los cristales de la sala de espera del aeropuerto veía las pequeñas manos de mis hijos agitarse, despidiéndose. Al caminar hacia el avión, recibí el último adiós. La tranquilidad que hasta el momento había aparentado se cuarteó, destilando emociones que escurrieron lentamente por mis mejillas. 
            No quería regresar a casa, por la mañana se había ido el camión de la mudanza cargado con todo el mobiliario; sentía temor de llegar a un lugar desolado y oscuro, como sentía mi interior. Pasé la tarde y parte de la noche vagando por la ciudad en calidad de enajenado, con una opresión en el pecho que se inició desde el momento en que salí del aeropuerto; me faltaba el aire y sentía un nudo permanente en el estómago. La inquietud constante me perseguía y el deseo de huir, de abandonar los lugares en que me encontraba hacía que deambulara por la ciudad, sin rumbo.
            Llegué alrededor de la media noche, el alumbrado público esbozaba la sombra de la casa: enorme, oscura, e intimidante. Se aprestaba a mostrarme la soledad. Esperé un rato evocando las noches vívidas y luminosas pasadas en el jardín, disfrutando con los niños la frescura nocturna de una noche estrellada en aquella hermosa ciudad. Por fin, me decidí: crucé la reja, el césped, abrí la puerta y  encendí la luz. Los espacios vacíos, como fantasmas iluminados por lámparas truncas ¾desprovistas de sus pantallas¾ emitían haces amarillentos, titilantes, que les daban vida, y parecían  solazarse en su desnudez. Recorrí la casa encendiendo luces para sentirme acompañado hasta llegar a la recámara principal, donde me recibieron preocupados, el viejo televisor y una cama individual, únicos testigos de mi desazón. Pasé la noche sin dormir, acompañado de la opresión en el pecho, dolor en el alma y lágrimas desbordadas, humedeciendo la almohada.
            Fin de una etapa de alegrías y tristezas, amor y desamor; construcción y destrucción. Vida y muerte: procesos antagónicos, complementarios e indivisibles, que limitan todo lo existente.





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