1979
El sabor de la separación es
un sabor lleno de amargura.
Las
mil y una noches
El sol ardiente de Mérida manifestaba su rabia la mañana de aquél sábado
14 de Julio, camino al aeropuerto. Una humedad sofocante se aferraba a nuestros
cuerpos, aprisionándolos entre las ropas mojadas. Con el sudor lagrimeando
dolor, afloraba la tensión de los últimos días plagados de pláticas largas, discusiones
interminables, reiterados reclamos por problemas no solucionados, saturando el
interior del vehículo, y enrareciendo el ambiente. El aire caliente que
penetraba por las ventanillas no alcanzaba a barrer el mal sabor, ni a
disminuir la temperatura, sólo la distraía, la cambiaba de lugar. Patricia, al
lado mío, su madre, y nuestros pequeños: Vanessa, de tres años y Mauricio de
uno, en el asiento trasero. El silencio
abrumante me obligaba a divagar sobre la inquietud del futuro como pareja: la
relación se deterioraba rápidamente, el desgaste sufrido en los últimos meses era
palpable; nuestros pensamientos divergían como veredas desprendidas de un
camino, se separaban, dibujando personalidades diferentes. Pendíamos de un hilo
que se relajaba y estiraba en cada encuentro, y sus fibras se debilitaban con
el movimiento. Ella ¡quería libertad!, se sentía atada, obstaculizada en su
desarrollo personal; aducía que había pasado de la custodia y restricciones
paternas, a las del matrimonio. Quería vivir sola un tiempo; propuso una
separación temporal.
Aunque esperaba la
propuesta, me impactó. Nunca había pensado en una separación, en un divorcio.
Sentí que nuestro matrimonio colapsaba, como recientemente había sucedido con
el temblor de marzo a los edificios de una universidad. Imaginé ruinas, fracasos
en lo construido a lo largo de ocho años. Había tratado de convencerla que lo
siguiéramos intentando, de buscar soluciones… inútil, ya había decidido.
Habíamos llegado a la
península con la idea de consolidar
nuestro matrimonio, de compartir más tiempo en familia, de iniciar un nuevo
rumbo. El trabajo en la ciudad de México demandaba viajes seguidos y
prolongados a diferentes partes de la república. Patricia reclamaba
constantemente mis ausencias en actividades importantes, y se sentía poco
apoyada en situaciones de emergencia, como las que había padecido en dos
ocasiones, cuando la internaron en el hospital, y tuve que regresar
apresuradamente al Distrito Federal. Me insistía en que me negara a salir
comisionado, como hacían algunos compañeros; no lo podía hacer, cumplía con una
actividad para la que había sido contratado. Pensábamos que en Yucatán, la
situación cambiaría. Sin embargo resultó similar, aunque con ausencias más
cortas.
Días antes del regreso a
la ciudad de México de Patricia y los niños, llegó su madre para ayudarla a
empacar. Pensaba que podría ser un factor de disuasión; no fue así, creo que apuntaló su decisión. Entre ella y yo siempre privó la distancia,
el recelo, la animosidad. La guerra fría comenzó desde el noviazgo con su hija,
no me aceptaba por ser contestatario y crítico. Como la confrontación mundial
entre las dos grandes potencias, nuestro encono a nivel particular, estaba
plagado de zancadillas y dulces venganzas.
Camino al aeropuerto, en la radio del vehículo se escuchaba la canción: Just
the way you are, interpretada por Barry White; Patricia se acercó a mí y me
dijo: te quiero tal como eres, es el
título de la melodía en español. Dice en una parte, que nunca cambies… así, te
quiero. Me dejó desconcertado, por las circunstancia en la que nos encontrábamos.
A través de los
cristales de la sala de espera del aeropuerto veía las pequeñas manos de mis
hijos agitarse, despidiéndose. Al caminar hacia el avión, recibí el último
adiós. La tranquilidad que hasta el momento había aparentado se cuarteó, destilando
emociones que escurrieron lentamente por mis mejillas.
No quería regresar a
casa, por la mañana se había ido el camión de la mudanza cargado con todo el
mobiliario; sentía temor de llegar a un lugar desolado y oscuro, como sentía mi
interior. Pasé la tarde y parte de la noche vagando por la ciudad en calidad de
enajenado, con una opresión en el pecho que se inició desde el momento en que
salí del aeropuerto; me faltaba el aire y sentía un nudo permanente en el
estómago. La inquietud constante me perseguía y el deseo de huir, de abandonar
los lugares en que me encontraba hacía que deambulara por la ciudad, sin rumbo.
Llegué alrededor de la
media noche, el alumbrado público esbozaba la sombra de la casa: enorme,
oscura, e intimidante. Se aprestaba a mostrarme la soledad. Esperé un rato
evocando las noches vívidas y luminosas pasadas en el jardín, disfrutando con
los niños la frescura nocturna de una noche estrellada en aquella hermosa
ciudad. Por fin, me decidí: crucé la reja, el césped, abrí la puerta y encendí la luz. Los espacios vacíos, como fantasmas
iluminados por lámparas truncas ¾desprovistas de sus
pantallas¾
emitían haces amarillentos, titilantes, que les daban vida, y parecían solazarse en su desnudez. Recorrí la casa
encendiendo luces para sentirme acompañado hasta llegar a la recámara principal,
donde me recibieron preocupados, el viejo televisor y una cama individual,
únicos testigos de mi desazón. Pasé la noche sin dormir, acompañado de la
opresión en el pecho, dolor en el alma y lágrimas desbordadas, humedeciendo la
almohada.
Fin de una etapa de alegrías
y tristezas, amor y desamor; construcción y destrucción. Vida y muerte:
procesos antagónicos, complementarios e indivisibles, que limitan todo lo
existente.
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