Un domingo de futbol
Me levantaron temprano para ir a comprar la barbacoa al
mercado; me plantaron el abrigo gris de
fieltro y le levantaron el cuello al ponérmelo, obligándome a respirar entre solapas. Cubría las piernas
que dejaba expuestas el pantalón corto, y como complemento: calcetines altos,
medias botas y una cachucha. Tomado de la mano de mi padre caminamos las cuatro
cuadras que nos separaban del lugar. Comer barbacoa los domingos era un ritual
familiar de nuestros padres, mis tres hermanas, Jesús y yo.
Me gustaba ir al mercado, ver a la gente
comprar y dialogar con los comerciantes; disfrutar los olores de frutas y
flores, y saborear las probaditas en los diferentes puestos. En
el almuerzo, mi madre nos preparaba gruesos tacos ¾difíciles de
abarcar con nuestras pequeñas manos¾ que desbordaban carne o aguacate en el plato, al dar
la mordida. Mofletudos, con el alimento en la boca, tratábamos de articular
conversaciones inentendibles, causando la bulla de los demás y la cantinela de
mi madre: el que come y canta, loco se
levanta…
Ese día, después del almuerzo, fuimos al
futbol; llevaba mi pelota azul con la que siempre jugaba en el departamento. Gran
aficionado del Necaxa, mi padre asistía regularmente con mi abuelo materno a
los partidos que se desarrollaban en el estadio de la Ciudad de los Deportes.
En aquella ocasión, fuimos sólo mi padre y yo.
Nos bajamos del autobús y caminamos presurosos
rumbo al estadio; un río de personas nos acompañaba, ondeando banderines de los
equipos en disputa; alegres conversaciones nos rodeaban y rebasaban. Bordeados
por puestos de comida, el olor de los guisos con chorizo flotaba en el ambiente.
Mi padre apresuraba el paso, con
dificultad trataba de seguirlo, hasta que comenzó a dolerme el hígado por el
esfuerzo, y me detuve. Me montó sobre sus hombros y después de un trecho,
terminamos el recorrido en las taquillas. Una larga fila de aficionados
esperaba para comprar boletos. Nosotros a la mitad; mi padre, nervioso, se
asomaba para observar a los del principio. De improviso, se volteó hacia y me
dijo: ¡No te muevas, no te salgas de la fila! Se dirigió a la taquilla y abrazó
a un hombre de sombrero, al hacerlo, algunos más lo hicieron. Regresó
ruborizado y sudoroso cuando la fila comenzó a avanzar.
Después del partido llegamos a casa, y mi
madre me preguntó:
¾¿Cómo
les fue en el partido, hijo?
¾Bien,
mamá. Antes de entrar, hicimos cola muchísimo tiempo, porque todavía no vendían
boletos; ya estaba cansado y me senté en el suelo hasta que comenzó a moverse
la fila. ¡AH!, y papá vio un amigo que estaba al principio, y le gritó:
¡Cabrera! ¡No te metas, cabrera!, y me dejó solo para ir a darle un abrazo…
¾El
estadio estaba lleno, mamá; y los jugadores se veían chiquitos, como hormigas y
moscas. Ganaron las hormigas… nuestro equipo.
Me pasé la tarde pateando la pelota azul,
imitando lo que había visto en el estadio, me había grabado algunos nombres y
los citaba; la rebotaba en las patas de la mesa, en las paredes de la sala, en
los sillones, hasta que exasperado, mi padre me la quitó.
¾¡Vengan
a merendar!, gritó nuestra madre.
En tropel, llegamos a la mesa y ocupamos
nuestro lugar. Puso una charola de pan de dulce
y una botella de leche sobre la mesa, y Bertha le dijo:
¾Enciende
el radio, ya ha de estar Cri-Cri
Mi madre lo hizo y, escuchamos la melodía
de introducción y la introducción al programa:
¾¿Quién es el anda ahí?... Es, Cri-Cri… Y ¿Quién
es ese señor?... ¡El grillo, cantor!...
Y… Comenzó la narración de historias
intercaladas con canciones: brujas en castillos, perros en la escuela, mundos
de dulce y galleta, un ratón vaquero, la muñeca rota y fea; esa patita, que se
contoneaba al caminar y tenía un marido haragán; el chorrito de agua con calor,
dialogando con una hormiga emperifollada… Media hora intensa de fantasía e
ilusiones; media hora, que no queríamos terminara nunca.
Y después… La voz de Tomás Perrín y la de Velia
Vegar, diciendo:
¾¡Cuidado,
Carlos!, ¡cuidado!
¾¡Dispara,
Margot!, ¡dispara!
¡Bang!, ¡bang!
¾XEW,
la voz de la América Latina desde México, presenta: ¡La Policía, siempre
vigila!
El día terminó con la voz de mi madre
diciendo:
¡A dormir, niñas!, que mañana tienen
escuela. Y… Jesús y yo, nos fuimos detrás de ellas.
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