miércoles, 6 de abril de 2016

Un domingo de futbol

Un domingo de futbol


Me levantaron temprano para ir a comprar la barbacoa al mercado; me  plantaron el abrigo gris de fieltro y le levantaron el cuello al ponérmelo, obligándome a  respirar entre solapas. Cubría las piernas que dejaba expuestas el pantalón corto, y como complemento: calcetines altos, medias botas y una cachucha. Tomado de la mano de mi padre caminamos las cuatro cuadras que nos separaban del lugar. Comer barbacoa los domingos era un ritual familiar de nuestros padres, mis tres hermanas, Jesús y yo.
Me gustaba ir al mercado, ver a la gente comprar y dialogar con los comerciantes; disfrutar los olores de frutas y flores, y saborear las probaditas en los diferentes puestos. En el almuerzo, mi madre nos preparaba gruesos tacos ¾difíciles de abarcar con nuestras pequeñas manos¾ que desbordaban carne o aguacate en el plato, al dar la mordida. Mofletudos, con el alimento en la boca, tratábamos de articular conversaciones inentendibles, causando la bulla de los demás y la cantinela de mi madre: el que come y canta, loco se levanta…
Ese día, después del almuerzo, fuimos al futbol; llevaba mi pelota azul con la que siempre jugaba en el departamento. Gran aficionado del Necaxa, mi padre asistía regularmente con mi abuelo materno a los partidos que se desarrollaban en el estadio de la Ciudad de los Deportes. En aquella ocasión, fuimos sólo mi padre y yo.
Nos bajamos del autobús y caminamos presurosos rumbo al estadio; un río de personas nos acompañaba, ondeando banderines de los equipos en disputa; alegres conversaciones nos rodeaban y rebasaban. Bordeados por puestos de comida, el olor de los guisos con chorizo flotaba en el ambiente. Mi padre apresuraba el paso,  con dificultad trataba de seguirlo, hasta que comenzó a dolerme el hígado por el esfuerzo, y me detuve. Me montó sobre sus hombros y después de un trecho, terminamos el recorrido en las taquillas. Una larga fila de aficionados esperaba para comprar boletos. Nosotros a la mitad; mi padre, nervioso, se asomaba para observar a los del principio. De improviso, se volteó hacia y me dijo: ¡No te muevas, no te salgas de la fila! Se dirigió a la taquilla y abrazó a un hombre de sombrero, al hacerlo, algunos más lo hicieron. Regresó ruborizado y sudoroso cuando la fila comenzó a avanzar.
Después del partido llegamos a casa, y mi madre me preguntó:
¾¿Cómo les fue en el partido, hijo?
¾Bien, mamá. Antes de entrar, hicimos cola muchísimo tiempo, porque todavía no vendían boletos; ya estaba cansado y me senté en el suelo hasta que comenzó a moverse la fila. ¡AH!, y papá vio un amigo que estaba al principio, y le gritó: ¡Cabrera! ¡No te metas, cabrera!, y me dejó solo para ir a darle un abrazo…
¾El estadio estaba lleno, mamá; y los jugadores se veían chiquitos, como hormigas y moscas. Ganaron las hormigas… nuestro equipo.
Me pasé la tarde pateando la pelota azul, imitando lo que había visto en el estadio, me había grabado algunos nombres y los citaba; la rebotaba en las patas de la mesa, en las paredes de la sala, en los sillones, hasta que exasperado, mi padre me la quitó.

¾¡Vengan a merendar!, gritó nuestra madre.
En tropel, llegamos a la mesa y ocupamos nuestro lugar. Puso una charola de pan de dulce  y una botella de leche sobre la mesa, y Bertha le dijo:
¾Enciende el radio, ya ha de estar Cri-Cri
Mi madre lo hizo y, escuchamos la melodía de introducción y la introducción al programa:
¾¿Quién es el anda ahí?... Es, Cri-Cri… Y ¿Quién es ese señor?... ¡El grillo, cantor!...
Y… Comenzó la narración de historias intercaladas con canciones: brujas en castillos, perros en la escuela, mundos de dulce y galleta, un ratón vaquero, la muñeca rota y fea; esa patita, que se contoneaba al caminar y tenía un marido haragán; el chorrito de agua con calor, dialogando con una hormiga emperifollada… Media hora intensa de fantasía e ilusiones; media hora, que no queríamos terminara nunca.
Y después… La voz de Tomás Perrín y la de Velia Vegar, diciendo:
¾¡Cuidado, Carlos!, ¡cuidado!
¾¡Dispara, Margot!, ¡dispara!
¡Bang!, ¡bang!
¾XEW, la voz de la América Latina desde México, presenta: ¡La Policía, siempre vigila!

El día terminó con la voz de mi madre diciendo:
¡A dormir, niñas!, que mañana tienen escuela. Y… Jesús y yo, nos fuimos detrás de ellas.


  

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