miércoles, 6 de abril de 2016

Fly me to the moon

Fly me to the moon




Fly me to the moon and
let me play among the stars…
Bart Howard

Al escuchar la canción Fly me to the moon  se desgajan astillas de recuerdos y escurre como resina la emoción de una pasión que nació efervescente, y vivió transgresora y ardiente por varios años.
            Todo comenzó con la competencia por parejas, para llegar a Acapulco por medio de aventones. Nos tocaba el turno a Victor y a mí; los jueces dieron la salida y, con una sonrisa invitadora, nos instalamos al borde de la carretera levantando la mano, con el puño cerrado, y occilando el pulgar erecto. Después de media hora, un auto azúl de modelo reciente nos llevó hasta la salida de Cuernavaca. Caminabamos con las mochilas al hombro mientras varias parejas de competidores nos adelantaban, saludaban y se reían de nuestra suerte. Después de mucho trajinar, una camioneta pick-up que llevaba dos borregos en la caja, nos condujo a Iguala apretujados junto a los animales y esquivando sus excretas. El calor del mediodía nos agredía mientras transitabamos por la carretera; el asfalto ardiente nos obligaba a ir por el acotamiento. Llevábamos un buen rato haciendo intentos porque nos levantaran y... nada. Cansados, y desilusionados, decidimos sentarnos junto a un señalamiento y sólo levantar la mano. Una camioneta transportando a una familia se paró y nos rescató para llevarnos al puerto.
            El hotel Amueblados Añorve era el punto de encuentro, un viejo edificio situado en el centro de la ciudad; fuimos de las últimas parejas en llegar. Los aproximadamente veinte compañeros, nos instalamos en tres habitaciones con catres. Los cristales de las ventanas que daban al patio interior, impregnados de años y descuido, traslucían pesadumbre;  la regadera chispeaba con avaricia gotas intermitentes, por lo que al bañarse, danzaba uno para coordinarse con la caída del agua.
            salimos por la tarde a caminar rumbo a la playa de hornos. Íbamos cinco en un grupo que antecedía por cien metros al resto. El sol del atardecer, pringaba las olas de encajes dorados, que se confundían en el horizonte color naranja con el que se cobija el astro al pernoctar. A la distancia distinguimos a tres jóvenes que platicaban sentadas en la arena, mientras la espuma lamía tímidamente sus pies. Apresuramos el paso, y al llegar con ellas, inicié el cortejo. Fui hacia ella, porque me cautivaron los ojos negros, la tez morena, el pelo crespo y el bello cuerpo sutilmente encubierto por un pequeño bikini. Después de identificarnos y enterarme en que hotel estaban, la invité a bailar por la noche en el bar del elegante hotel.
            Eran la once de la noche y no llegaban, esperabamos desde las diéz. Se presentaron agitadas y sonrientes, pidieron las bebida y nos platicaron:
Ella había conseguido el permiso del padre, un político importante, para ir de vacaciones, con la condición de que llevara a las primas y bajo el cuidado del chofer y su esposa. No las dejaban salir por la noche. Se habían escapado por la ventana de la habitación y caminando por la cornisa, llegado al pasillo.

El grupo musical tocaba melodías romanticas, la penumbra del bar permitía la intimidad y las bebidas nos desinhibían; platicamos un poco y salimos a bailar. La música suave acompañaba nuestros movimientos. Vestía un vaporoso vestido estampado en colores vivos, que delineaba su hermoso cuerpo. Nosotros o la música, disminuyó de ritmo y nuestros cuerpos se balanceaban en un movimiento pasmado. El cantante con voz melodiosa, comenzó a interpretar: Fly me to the moon, and let me play among the stars. Sonreímos al mirar por el balcón la luna iridiscente trazar sobre el mar en calma un tapiz plateado, y al sentir la frescura de la brisa marina refrescar nuestras emociones. No me tenían que llevar a la luna… ¡ya estaba en ella! Tomé con mis manos la hermosa cabeza y suavemente acerqué su boca a la mía, iniciándo así una bella y emocionante aventura que duró varios años.

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