Fly me to the moon
Fly me to the
moon and
let me play
among the stars…
Bart Howard
Al
escuchar la canción Fly me to the moon se desgajan astillas de recuerdos y escurre
como resina la emoción de una pasión que nació efervescente, y vivió
transgresora y ardiente por varios años.
Todo comenzó con la competencia
por parejas, para llegar a Acapulco por medio de aventones. Nos tocaba el turno a Victor y a mí; los jueces dieron
la salida y, con una sonrisa invitadora, nos instalamos al borde de la carretera
levantando la mano, con el puño cerrado, y occilando el pulgar erecto. Después
de media hora, un auto azúl de modelo reciente nos llevó hasta la salida de
Cuernavaca. Caminabamos con las mochilas al hombro mientras varias parejas de
competidores nos adelantaban, saludaban y se reían de nuestra suerte. Después
de mucho trajinar, una camioneta pick-up que llevaba dos borregos en la caja,
nos condujo a Iguala apretujados junto a los animales y esquivando sus excretas.
El calor del mediodía nos agredía mientras transitabamos por la carretera; el
asfalto ardiente nos obligaba a ir por el acotamiento. Llevábamos un buen rato
haciendo intentos porque nos levantaran y... nada. Cansados, y desilusionados,
decidimos sentarnos junto a un señalamiento y sólo levantar la mano. Una camioneta
transportando a una familia se paró y nos rescató para llevarnos al puerto.
El hotel Amueblados Añorve era el punto de encuentro, un viejo edificio situado en el centro
de la ciudad; fuimos de las últimas parejas en llegar. Los aproximadamente veinte
compañeros, nos instalamos en tres habitaciones con catres. Los cristales de
las ventanas que daban al patio interior, impregnados de años y descuido,
traslucían pesadumbre; la regadera
chispeaba con avaricia gotas intermitentes, por lo que al bañarse, danzaba uno
para coordinarse con la caída del agua.
salimos por la tarde a
caminar rumbo a la playa de hornos. Íbamos cinco en un grupo que
antecedía por cien metros al resto. El sol del atardecer, pringaba las olas de
encajes dorados, que se confundían en el horizonte color naranja con el que se
cobija el astro al pernoctar. A la distancia distinguimos a tres jóvenes que
platicaban sentadas en la arena, mientras la espuma lamía tímidamente sus pies.
Apresuramos el paso, y al llegar con ellas, inicié el cortejo. Fui hacia ella,
porque me cautivaron los ojos negros, la tez morena, el pelo crespo y el bello cuerpo
sutilmente encubierto por un pequeño bikini. Después de identificarnos y enterarme
en que hotel estaban, la invité a bailar por la noche en el bar del elegante hotel.
Eran la once de la noche y no
llegaban, esperabamos desde las diéz. Se presentaron agitadas y sonrientes,
pidieron las bebida y nos platicaron:
Ella
había conseguido el permiso del padre, un político importante, para ir de
vacaciones, con la condición de que llevara a las primas y bajo el cuidado del
chofer y su esposa. No las dejaban salir por la noche. Se habían escapado por
la ventana de la habitación y caminando por la cornisa, llegado al pasillo.
El
grupo musical tocaba melodías romanticas, la penumbra del bar permitía la
intimidad y las bebidas nos desinhibían; platicamos un poco y salimos a bailar.
La música suave acompañaba nuestros movimientos. Vestía un vaporoso vestido
estampado en colores vivos, que delineaba su hermoso cuerpo. Nosotros o la
música, disminuyó de ritmo y nuestros cuerpos se balanceaban en un movimiento
pasmado. El cantante con voz melodiosa, comenzó a interpretar: Fly me to the moon, and let me play among
the stars. Sonreímos al mirar por el balcón la luna iridiscente trazar
sobre el mar en calma un tapiz plateado, y al sentir la frescura de la brisa
marina refrescar nuestras emociones. No me tenían que llevar a la luna… ¡ya
estaba en ella! Tomé con mis manos la hermosa cabeza y suavemente acerqué su
boca a la mía, iniciándo así una bella y emocionante aventura que duró varios
años.
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