miércoles, 29 de junio de 2016

El olor del tiempo



El olor del tiempo

Jorge Llera

Se acercó por primera vez a ella  al salir de su escuela. Llevaba meses observándola y le parecía la mujer más bella que hubiera visto. Así qué, venciendo su timidez y en un alarde de bravura, la abordó una tarde y, tartajeando algunas palabras, con nerviosismo se presentó. Ella le dedicó una sonrisa y aceptó su compañía. Tomó sus libros y caminaron a su casa  por las estrechas callejuelas adoquinadas, amuralladas por viejas casonas coloniales de la parte sur de la ciudad. Arropados por el calor de marzo en su sofocante mediodía, acompañados por el sonido de los autos al transitar a su lado y el trinar de las aves entre las abundantes  ramas de añosos árboles, la plática fue fluyendo con naturalidad y confirmando la apreciación que tenía de ella. Le atraía su rubio cabello, que variaba en tonalidades amarillas al reflejar los rayos solares entremezclándose en las sombras; y sus azules ojos  que brillaban cuando sonreía y sentía lo acariciaban con  su inocente mirada. Al acercarse a ella mientras platicaba, percibió su sensual olor - que matizado levemente por el tenue aroma floral de su perfume -  ascendía en estimulantes emanaciones a través  del uniforme escolar.
      En los meses siguientes El acompañamiento se convirtió en  rutina diaria y las caminatas se tornaron lentas por los momentos amorosos que se dispensaban al cobijo de cualquier portón. El amor fue creciendo conforme se interiorizaban mutuamente en sus vidas y la atracción se acrecentaba al contacto eventual de sus cuerpos. Fue descubriendo el  calor y  humedad de sus labios carnosos, que lo aprisionaban suavemente en una  desesperada necesidad de poseerlo, expresando por el  roce de sus lenguas y el intercambio del  zumo lúdico de la  saliva, la imitación del acto generador de vida. En el intercambio de caricias,  sus manos recorrían furtivamente la tersa y cálida piel núbil de su amada y sus dedos exploraban los íntimos lugares cobijados en su humedad y calor  transmitiéndole   sensaciones no experimentadas y llevándolo al paroxismo  emocional en cada evento. Después...la placidez y dulzura del placer satisfecho, las caricias suaves, la lasitud  y las promesas de un  amor que debería perdurar toda la vida por mutua necesidad.
      Pero el tiempo determina que los amantes no tienen comprado su destino y ejercen una pobre labor de augures al predecir la pervivencia de su relación. Así qué,  las promesas no fueron cumplidas y el romance terminó abruptamente cuando ella se cambió de colonia y de escuela. Ahí también comenzó para él la espiral de esperanzas, alegrías y desilusiones que conformaron el resto de su vida.
     Al pasar los años, en momentos de ensoñación, considera que el tiempo tiene olor, sabor  y sonido. La añoranza y la nostalgia del primer amor, trae a su memoria los olores, sonidos y emociones que permanecen latentes en su ser, y que emergen ocasionalmente a la superficie  dulcificando momentáneamente su vida.
5 de agosto de 2012.

martes, 28 de junio de 2016

Fiebre

Fiebre
Pólux

No aguanto las sábanas, el calor es espantoso. Sudo abundantemente y no puedo dormir, el dolor me va hacer explotar la cabeza, retumba dentro de mí al ritmo de mi corazón y rebota contra las paredes del cráneo, me marea y nubla la vista; veo que mis padres se acercan y alejan flotando, no caminan. Tengo una sed enorme; la lengua reseca y pastosa, me duele al moverla; la garganta arde y la tos seca, me lastima. Mis padres hablan de fiebre, me han dado pastillas, metido a la tina con agua helada —es lo único que me ha reconfortado— y frotado el cuerpo con alcohol. A la distancia oigo que se están comunicando con el médico. Dormito un rato y despierto sobresaltado, Tras la ventana que se encuentra frente a mí, veo una esfera amarillenta y brillante del tamaño de mi balón de futbol; gira y gira, como cuando alguien tira a la portería y va a ser gol. Si penetra, no la voy a dejar pasar, en el momento en que atraviese la ventana, la atrapo.
            Mi madre se acerca, me acaricia, dice que aguante, ya está por llegar el doctor. Estoy débil, el calor es insoportable, trato de echar a un lado la sábana y el cobertor; me vuelven a tapar y no tengo fuerzas para negar que lo hagan, sólo muevo mecánicamente la cabeza tratando de impedir la acción. La esfera se acerca, es más amarilla y brillante, distingo el dibujo de un conejo que gira, pero no se mueve, me parece raro, pueden ser varios dibujos, como en las pelotas de plástico que llevan las niñas a la escuela. Tengo sueño, el dolor de cabeza no me deja dormir. Mi cuerpo llora, lagrimea por el pecho, sobacos y el ombligo; mojo las sábanas, el frío comienza a rodearme de humedad. Tiemblo, no puedo contenerme, siento helado a mi alrededor, comienzo a castañetear los dientes. Me parece gracioso que no pueda parar. ¡Qué frío! Les digo que me congelo. Mi madre me pone otro cobertor y rodea la cama envolviéndome como tortilla en  taco. El dolor de cabeza disminuye y  reconozco la esfera amarilla, es la luna, que a la distancia me guiña un ojo y sonríe; de cerca, el conejo se transforma en sus ojos y nariz. Su rostro es bondadoso, pero gordo y graniento…
            Despierto cuando me destapan, con mis padres está un señor de lentes, canoso y con una jeringa en la mano. Me baja un poco los pantalones de la pijama y me inyecta. Duele un poco, siento que la pierna se me va calentando alrededor de la zona dónde penetró la aguja. Otra vez tengo calor y aviento las cobijas a un lado, me cuesta trabajo porque estoy enrollado. Mamá me acaricia, me toca la frente y me vuelve a cubrir. Se me cierran los ojos, me siento cansado; oigo a lo lejos las voces de mis padres y la del doctor:
            —Es una fiebre intestinal —tifoidea, dijo el médico. Habrá que aplicarle la medicina que les señalo en la receta. Ahí les especifico la dosis, el horario y el tiempo de medicación. Sigan con el analgésico y si ven que no mejora,  llámenme…
            Siento que me observan y despierto, el calor sigue siendo insoportable, tengo sed. Es de madrugada y mis padres duermen en su recámara. Oigo los ronquidos de mi papá y ruido de movimientos de acomodo en el sueño, en la recámara de mis hermanos. Abro los ojos y frente a mí, ocupando toda la ventana veo la faz de la luna; sus ojos y su boca cubren todo el espacio. Sonriendo me llama por mi nombre, me invita a ir con ella, explorar el espacio, conocer las estrellas, a vivir el paraíso. A volar, y dejarme ir impelida con liviandad en el aire, como una pluma que navega en medio de la brisa del mar. Escucho música suave y una voz cálida y atrayente; me siento liviano, floto, volteo  hacia abajo y distingo mi cuerpo en reposo sobre la cama. La sigo, atravesando la ventana, confiado en la sutil melodía que acompaña su voz y  la tranquilidad que me inspira su presencia. Me siento bien, ya no me duele nada, estoy feliz…

lunes, 20 de junio de 2016

Momentos de felicidad

Momentos de felicidad


Yo soy yo y mi circunstancia.
José Ortega y Gasset


Pienso en la felicidad,  como la conjunción de procesos de satisfacción personal en las circunstancias  sociales, familiares, y ambientales en que  me desenvuelvo. No Creo que en la vida exista la felicidad plena, sólo son períodos, en los que los acontecimientos me proporcionan gozo, placer, alegría y satisfacción, a pesar de que en el entorno fluyan situaciones conflictivas. Disfruto, porque deslizo sobre la problemática un velo de oscuridad que recubre el horizonte, nublándolo en una momentánea lejanía. La felicidad integral, es sólo una promesa religiosa,  una quimera a disfrutar después de la muerte.
            En mi existencia he atesorado innumerables momentos de felicidad; como avaro los guardo en el arcón de la memoria y, en los momentos de soledad, abro la tapa y los voy puliendo uno a uno para degustarlos, sublimados por el tiempo, como el vino añejo que deleita los sentidos.
            Las situaciones dolorosas, tristes, conflictivas, se han quedado desparramadas a la orilla de la vereda, y el polvo las ha ido cubriendo de olvido. De vez en cuando, en el camino tropiezo con una piedra, que al arrastrarla, raspa la pátina apareciendo el escollo, la pena, asomándo nuevamente el dolor. Opto al instante por patearla, alejarla de mi vida, tratando de que el tiempo la opaque, la difumine, la confunda en la oscuridad del pasado.
            El nacimiento de mis hijos, enmarcados cada uno de ellos en su circunstancia particulares, ha representado momentos intensos de felicidad; alegrías que me  han marcado con una profunda emotividad.
            Por ser la primera hija, quisiera relatar su nacimiento y la circunstancia que nos envolvía a Patricia y a mí:
            Llevábamos seis años de casados, habíamos ahorrado  y conseguimos préstamo para comprar casa en un fraccionamiento nuevo al sur de la ciudad. La calle donde vivíamos se extendía por dos cuadras y estaba plagada de matrimonios jóvenes. Por problemas con la compañía constructora, teníamos frecuentemente reuniones de colonos; en ellas se estableció  la amistad de un  grupo de ocho a diez parejas, que convivíamos en fiestas los fines de semana. Comidas, bebidas, y  baile hasta las madrugadas, generaron una amistad entrañable.
            Patricia quedó embarazada y las fiestas continuaron durante el proceso; comenzó también la rivalidad para el padrinazgo. Había dos parejas que pugnaban para qué los hiciéramos compadres .Nosotros pesábamos que había que seleccionar amistades que perduraran por toda la vida, para que asumieran esa responsabilidad; escogimos a Elsa y a Beto, y lo celebramos con ellos varias semanas antes del nacimiento de Vanessa.

Sentí el codazo y el grito cercano al oído:
            ¾¡Levántate!, ya se rompió la fuente.
            Aturdido y nervioso me apresuré a vestir, y recoger la maleta previamente preparada con su ropa y la del bebé.
            Eran las siete y media de la mañana cuando salimos en el volkswagen rumbo al hospital Español. El tráfico pesado en el periférico nos obligaba a ir a vuelta de rueda. Patricia con contracciones cada vez más seguidas, pujaba, lloraba, me maldecía y apuraba a que avanzara más rápido; yo tocaba el claxon con desesperación para que me dieran el paso; los automóviles a los lados me cerraban el paso y me hacían señas obscenas, hasta que se enteraban de nuestra situación. A  partir de ahí, me acompañaban con sus bocinas, pero no se apartaban. Por fin llegamos, me estacioné frente a la puerta de urgencias, obstruyendo el paso de vehículos y, trabajosamente la llevé hacia la camilla que apresuradamente nos proporcionaron. Vanessa nació media hora después.
            Cuando el médico llegó a la sala para comunicarme el nacimiento, lo escuché con atención, y me tranquilizó al decirme que ambas estaban sanas y las podría ver en un rato más. La felicidad me invadió, una paz relajante afloró en mi ser y comencé a sonreír, la felicidad me invadió en un ensimismamiento tal que, caminaba flotando por los pasillos, sin rumbo definido, sintiendo tan sólo la necesidad de moverme; las gentes que se cruzaban conmigo me sonreían; médicos, enfermeras y pacientes, se armonizaban conmigo en la felicidad, como en una coreografía de comedia musical. Me sacó del ensueño la cachetada de realidad: pensar en la cuenta del hospital; y de ahí, ¿qué, con el futuro de mi hija?
            Llegué al cuarto, Patricia adolorida y cansada sostenía a nuestra hija en su regazo y me la pasaron en un taco rosa; con torpeza y temor por la fragilidad la cargué, sólo sobresalía del bulto una carita roja, abotagada y con escasos pelos güeros relamidos sobre su bermeja cabeza.
            ¾¿A quién se parece?, dijo Patricia.
            La observé detenidamente, y pensé: los bebés recién nacidos no se parecen a nadie, están hinchados por el esfuerzo.
            ¾Tal vez a tu familia, respondí. Quizá a tú papá…
            Por la tarde comenzó el desfile de familiares y amistades. Como en el hospital Español eran en esa época muy permisivos, el cuarto se llenó de visitas; los que no cabían salían a una pequeña estancia dónde había dos sillones. El cuarto era una tertulia de parientes, y sólo cuando iba amamantar Patricia, los hombres salían a la estancia a fumar y platicar.
            Y por la noche, llegaron los compadres, con los demás vecinos en caravana. Cargaban flores, bombones, chocolates y chambritas. Entraron en bola a felicitar a la nueva madre; amontonados alrededor de la cama, la felicitaban y hacían graciosas observaciones. Patricia, demacrada, sonreía agradeciendo la visita, pero implorando en su interior para que le dieran un poco de paz y tranquilidad.
            Eran la ocho de la noche y el bullicio seguía. Entró la enfermera con la criatura en brazos para que la madre la amamantara. Por lo tanto, lo hombres, fuera. Mientras duraba el proceso, en la estancia, se destapó la botella de cognac que habían traído los vecinos, y se usaron los conos del garrafón de agua para el brindis correspondiente; en compensación yo repartí los consabidos puros. Así, las conversaciones subieron de tono en un ambiente humeante con olor a puro y las risas y carcajadas se difundieron por los corredores del sanatorio.
            Las palabras recriminatorias del administrador del nosocomio, que acudió por las quejas de los pacientes vecinos, pospusieron la celebración hasta nuestro regreso a casa.
            Mi hija, sobrevivió  a una etapa de la niñez con fiestas de fin de semana; se terminó cuando nos fuimos a vivir a Mérida y con Mauricio recién nacido. Pero esa, es otra historia…  
                                                                                               

            

lunes, 13 de junio de 2016

Recuerdos en la nube

Recuerdos en la nube
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Tengo setenta y dos años y la memoria me traiciona a menudo, me hace jugarretas que permiten transcurrir el día sin lograr terminar parte de las actividades programadas o iniciadas. Acostumbrado a ese mundo de dispersión, con frecuencia me divierto con inconsistencias como darme cuenta que ya es la hora de comer y no he lavado trastos del desayuno, y al estarlo haciendo  recuerde la ropa que está en la lavadora desde el día de ayer, y acuda con rapidez a tenderla para el secado; en el proceso de colgar la ropa, detecte que algunos cordones están por romperse, por lo que voy al cuarto habilitado como taller para buscar cuerda y reemplazarlos; al llegar, veo que no he barrido la viruta de la madera con la trabajé, por lo que tomo la escoba y comienzo hacerlo; como hay polvo acumulado, alcanzo la aspiradora para levantarlo y, descubro que no succiona; investigo y noto que el tubo tiene una fisura; como soy un reparador por naturaleza, busco el pegamento para plásticos y al encontrar el envase lo encuentro seco. Salgo en el automóvil a la ferretería y al llegar, en el aparador observo el taladro multiusos que ofertan por televisión, a mitad de precio; le pregunto al vendedor por sus cualidades y forma de usarlo y… después de media hora de explicaciones, ¡lo compro! ¡Un ofertón!, ¡quiero usarlo ahora! Llego a casa con un poco de hambre y decido qué después de comer, lo probaré. Entro a la cocina y… no he lavado aún los trastos del desayuno.
            Me preguntan ¿qué paso ayer?, o ¿hace dos días?, no me acuerdo, a menos que hagan una introducción al tema. Sin embargo rememoro con facilidad eventos acaecidos durante la infancia, juventud y madurez. Imágenes ordenadas por épocas en un almacenamiento virtual, emulado en la actualidad por las nubes de información. La diferencia con ellas, es que en mis recuerdos van incluidos olores, emociones y sentimientos; conflictos y alegrías, enmarcados en video clips que al evocarlos, se deslizan por el organismo sensibilizándolo, sublimando las acciones y haciéndolas asequibles a la personalidad actual. Como el sabor de las fresas con crema que comíamos en Chalco algunos domingos por la tarde. Al recordar, me observo descendiendo de la camioneta pick up junto con mis hermanos: un vehículo apropiado para acomodar a ocho en la caja, y a dos sentados en la cabina con mis padres. Al llegar a uno de los restaurantes al pie de la carretera, correr y apartar una mesa larga con  bancas de la misma extensión a ambos lados, y esperar ¾moviendo los pies, pendientes sin llegar al piso, para disminuir la tensión¾  a la mesera que trajera las copas grandes, desbordantes de fresas con crema; desparramar generosamente azúcar sobre ellas y revolverlas hasta que el líquido blanco y espeso, se tintaba de rosa. El placer de llevar pausadamente la cucharada a la boca y sentir cómo el sabor dulce de la fría crema, se combinaba con la acidez y lo granuloso de los frutos al comprimirlos contra el paladar; las papilas transmitían el sabor y los músculos de la boca se contraían al sentir la acritud de la espesa mezcla. Se jugueteaba  con la lengua hasta ser deglutida con lentitud. Así, con calma, tratando de extender la delicia, disfrutábamos de una tarde de domingo. Y así, haciéndoseme agua la boca, rememoro aún esos momentos.
            El tiempo, invento del hombre para medir el curso de los acontecimientos, lo asumo en mi vida, como la cadena de acontecimientos ocurridos durante mi existencia; se alarga o se acorta por periodos, según los recuerdos acumulados. Y no es que no existan más eslabones que unan la cadena, sino que son invisibles a mi conciencia. Espero que el tiempo y el proceso de escritura, contribuyan a ir pintando eslabones escondidos.
            ¿El destino? Sólo un pronóstico de acuerdo a mis condiciones actuales, no me preocupa, no es importante, es una simple especulación. Sé que el trayecto se acorta cada día, por lo que trataré de vivir a plenitud cada momento, gozar de mi familia, amigos, y del mundo fascinante en que me tocó existir.