Fiebre
Pólux
No aguanto las sábanas, el calor es espantoso. Sudo abundantemente y no puedo dormir, el dolor me va hacer explotar la cabeza, retumba dentro de mí al ritmo de mi corazón y rebota contra las paredes del cráneo, me marea y nubla la vista; veo que mis padres se acercan y alejan flotando, no caminan. Tengo una sed enorme; la lengua reseca y pastosa, me duele al moverla; la garganta arde y la tos seca, me lastima. Mis padres hablan de fiebre, me han dado pastillas, metido a la tina con agua helada —es lo único que me ha reconfortado— y frotado el cuerpo con alcohol. A la distancia oigo que se están comunicando con el médico. Dormito un rato y despierto sobresaltado, Tras la ventana que se encuentra frente a mí, veo una esfera amarillenta y brillante del tamaño de mi balón de futbol; gira y gira, como cuando alguien tira a la portería y va a ser gol. Si penetra, no la voy a dejar pasar, en el momento en que atraviese la ventana, la atrapo.
Mi madre se acerca, me acaricia, dice que aguante, ya está por llegar el doctor. Estoy débil, el calor es insoportable, trato de echar a un lado la sábana y el cobertor; me vuelven a tapar y no tengo fuerzas para negar que lo hagan, sólo muevo mecánicamente la cabeza tratando de impedir la acción. La esfera se acerca, es más amarilla y brillante, distingo el dibujo de un conejo que gira, pero no se mueve, me parece raro, pueden ser varios dibujos, como en las pelotas de plástico que llevan las niñas a la escuela. Tengo sueño, el dolor de cabeza no me deja dormir. Mi cuerpo llora, lagrimea por el pecho, sobacos y el ombligo; mojo las sábanas, el frío comienza a rodearme de humedad. Tiemblo, no puedo contenerme, siento helado a mi alrededor, comienzo a castañetear los dientes. Me parece gracioso que no pueda parar. ¡Qué frío! Les digo que me congelo. Mi madre me pone otro cobertor y rodea la cama envolviéndome como tortilla en taco. El dolor de cabeza disminuye y reconozco la esfera amarilla, es la luna, que a la distancia me guiña un ojo y sonríe; de cerca, el conejo se transforma en sus ojos y nariz. Su rostro es bondadoso, pero gordo y graniento…
Despierto cuando me destapan, con mis padres está un señor de lentes, canoso y con una jeringa en la mano. Me baja un poco los pantalones de la pijama y me inyecta. Duele un poco, siento que la pierna se me va calentando alrededor de la zona dónde penetró la aguja. Otra vez tengo calor y aviento las cobijas a un lado, me cuesta trabajo porque estoy enrollado. Mamá me acaricia, me toca la frente y me vuelve a cubrir. Se me cierran los ojos, me siento cansado; oigo a lo lejos las voces de mis padres y la del doctor:
—Es una fiebre intestinal —tifoidea, dijo el médico. Habrá que aplicarle la medicina que les señalo en la receta. Ahí les especifico la dosis, el horario y el tiempo de medicación. Sigan con el analgésico y si ven que no mejora, llámenme…
Siento que me observan y despierto, el calor sigue siendo insoportable, tengo sed. Es de madrugada y mis padres duermen en su recámara. Oigo los ronquidos de mi papá y ruido de movimientos de acomodo en el sueño, en la recámara de mis hermanos. Abro los ojos y frente a mí, ocupando toda la ventana veo la faz de la luna; sus ojos y su boca cubren todo el espacio. Sonriendo me llama por mi nombre, me invita a ir con ella, explorar el espacio, conocer las estrellas, a vivir el paraíso. A volar, y dejarme ir impelida con liviandad en el aire, como una pluma que navega en medio de la brisa del mar. Escucho música suave y una voz cálida y atrayente; me siento liviano, floto, volteo hacia abajo y distingo mi cuerpo en reposo sobre la cama. La sigo, atravesando la ventana, confiado en la sutil melodía que acompaña su voz y la tranquilidad que me inspira su presencia. Me siento bien, ya no me duele nada, estoy feliz…
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