El olor del tiempo
Jorge Llera
Se acercó por primera vez a ella al salir de su escuela. Llevaba meses observándola y le parecía la mujer más bella que hubiera visto. Así qué, venciendo su timidez y en un alarde de bravura, la abordó una tarde y, tartajeando algunas palabras, con nerviosismo se presentó. Ella le dedicó una sonrisa y aceptó su compañía. Tomó sus libros y caminaron a su casa por las estrechas callejuelas adoquinadas, amuralladas por viejas casonas coloniales de la parte sur de la ciudad. Arropados por el calor de marzo en su sofocante mediodía, acompañados por el sonido de los autos al transitar a su lado y el trinar de las aves entre las abundantes ramas de añosos árboles, la plática fue fluyendo con naturalidad y confirmando la apreciación que tenía de ella. Le atraía su rubio cabello, que variaba en tonalidades amarillas al reflejar los rayos solares entremezclándose en las sombras; y sus azules ojos que brillaban cuando sonreía y sentía lo acariciaban con su inocente mirada. Al acercarse a ella mientras platicaba, percibió su sensual olor - que matizado levemente por el tenue aroma floral de su perfume - ascendía en estimulantes emanaciones a través del uniforme escolar.
En los meses siguientes El acompañamiento se convirtió en rutina diaria y las caminatas se tornaron lentas por los momentos amorosos que se dispensaban al cobijo de cualquier portón. El amor fue creciendo conforme se interiorizaban mutuamente en sus vidas y la atracción se acrecentaba al contacto eventual de sus cuerpos. Fue descubriendo el calor y humedad de sus labios carnosos, que lo aprisionaban suavemente en una desesperada necesidad de poseerlo, expresando por el roce de sus lenguas y el intercambio del zumo lúdico de la saliva, la imitación del acto generador de vida. En el intercambio de caricias, sus manos recorrían furtivamente la tersa y cálida piel núbil de su amada y sus dedos exploraban los íntimos lugares cobijados en su humedad y calor transmitiéndole sensaciones no experimentadas y llevándolo al paroxismo emocional en cada evento. Después...la placidez y dulzura del placer satisfecho, las caricias suaves, la lasitud y las promesas de un amor que debería perdurar toda la vida por mutua necesidad.
Pero el tiempo determina que los amantes no tienen comprado su destino y ejercen una pobre labor de augures al predecir la pervivencia de su relación. Así qué, las promesas no fueron cumplidas y el romance terminó abruptamente cuando ella se cambió de colonia y de escuela. Ahí también comenzó para él la espiral de esperanzas, alegrías y desilusiones que conformaron el resto de su vida.
Al pasar los años, en momentos de ensoñación, considera que el tiempo tiene olor, sabor y sonido. La añoranza y la nostalgia del primer amor, trae a su memoria los olores, sonidos y emociones que permanecen latentes en su ser, y que emergen ocasionalmente a la superficie dulcificando momentáneamente su vida.
5 de agosto de 2012.
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