domingo, 14 de agosto de 2016

Nacimiento y piñatas

Nacimiento y piñatas


                        Fuiste un padre responsable, trabajador y excelente proveedor, mantuviste a nuestra familia de diez hijos y, a tus padres, en condiciones de bienestar social y económico. Ausente por cuestiones de trabajo la mayor parte de mi infancia la pasé sin tu presencia. Cuando llegabas de viaje, encontrabas las quejas de las travesuras y maldades cometidas principalmente por Jesús, Guillermo, o yo. Manifestabas enojo y vociferabas en nuestra contra, bajabas las manos a la cintura y desabrochabas el cinturón, esa era la señal para echar a correr, salir a la calle y perderse por los terrenos baldíos en busca de los amigos. Protegidos por la penumbra del atardecer, entrabamos sigilosos a merendar. El conflicto había pasado, habías mostrado autoridad y nosotros el arrepentimiento olvidado.
            Me intimidaba tú carácter, me avasallaba la potestad. Intuía el cariño que no demostrabas. Mi madre te protegía y contribuía inconscientemente a aislarte al solicitarnos respetar tu privacidad y tranquilidad:
            ¾¡No hagan ruido!, que su padre está descansando, eran sus palabras y terminábamos por alejarnos en silencio.
            Nos acostumbraron  a besarte la mano al saludarte, y lo hice hasta los diez años, cuando ese acto comenzó a molestarme. No sé por qué razón me parecía humillante.  En varias ocasiones me tendiste la mano, y opté por acercarme y darte un abrazo. Con el tiempo, fue desapareciendo esa práctica entre lo hermanos.
            Esa máscara de autoridad,  representada en el establecimiento de normas estrictas de conducta te hacía distante, te aislaba, y nos incomunicaba. Contrastaba con el modo permisivo de actuar de nuestra madre.
            Te llevabas bien con nuestros amigos, platicabas y bromeabas con ellos.
¿Sabías que te apodaban el Zorro plateado?, por lo canoso.
Sí, lo sabías, y te divertía.
           
Para encontrar al hombre jovial detrás de la máscara, me remontaré a la fecha de nacimiento de Leticia, la novena hermana:
            Visitaste a nuestra madre en el hospital y de regreso, nos preguntaste  si nos gustaría hacer una fiesta de disfraces. Entusiasmados, todos contestamos afirmativamente. Dijiste que mamá regresaría en dos días, haríamos la fiesta al día siguiente y tendríamos media mañana para arreglar la casa.
            La voz corrió por Coyoacán: ¡Fiesta de disfraces en casa de los Llera! No se permitirá la entrada sin disfraz, fue la consigna.
            Por la mañana, varios hermanos te acompañamos a comprar lo necesario, mientras otros preparaban el lugar.
            La entrada de la casa tenía un vestíbulo muy amplio, circundado por una escalera que llevaba al segundo piso, lugar ideal para la reunión, nos dijiste.
            Compraste dos piñatas, llenamos una con frutas y dulces; la otra, con cajetillas de cigarros. Más tarde,  le incorporaste un ingrediente especial.
            A las ocho de la noche, la casa estaba a reventar, cada hermano invitó a los amigos y estos, a sus amigos. Las charolas con bocadillos eran asaltadas en cuanto salían de la cocina, las jarras de agua de sabores vaciadas de inmediato. Las sillas que rodeaban el recinto se vaciaban y llenaban al ritmo de la música. Calacas bailando con conejas, magos con brujas; gladiadores y soldados romanos platicando amigablemente en alguna esquina. Máscaras y turbantes, lores con sombreros de copa y mendigos del brazo, observando a los bailarines…
            Formaste un jurado para dictaminar los ganadores por los mejores disfraces. Fue difícil la calificación, y al final, tu voto de calidad determinó que los vencedores fueran el muchacho fornido ¾jugador de futbol americano¾ disfrazado de bebé: con pañales, chambrita y botella de tequila con un chupón, que acostado en una carriola y empujado por su niñera ¾otro compañero de equipo¾, pasearon  por el vestíbulo de la casa ante el aplauso de la concurrencia.
            Y llegaron las piñatas. En la primera, después de varios participantes, aflojaste la cuerda para que la rompiera Bertha, la mayor de las hermanas.
            Causaba expectación la segunda, que contenía cajetillas de cigarrillos.
            Se acercó a ti el Granizo, amigo de mis hermanas, al que apreciabas, y te pidió que Carlos rompiera la piñata.  Él era el único de la reunión al que se le había permitido no ir disfrazado, porque iba a ser chambelán en el salón Riviera. Sólo estaría un momento en la fiesta, dijo. Iba vestido con un smoking elegante y lucía muy apuesto.
            Pasaron varios a intentar romper la piñata. Con los ojos vendados era difícil que le atinaran con un golpe contundente. Se acercó el Granizo a Carlos y lo empujó al centro del circulo de espectadores; con resistencia, se negó; los aplausos lo animaron. Después de vendarle los ojos y darle vueltas, comenzó a dar de palos. Al cuarto o quinto, la olla se partió y cayeron sobre él multitud de cajetillas de cigarros, cubiertas por kilos de harina, que al llegar al piso, levantaron una gran nube blanca. La neblina aumentó al lanzarse los jóvenes; la polvareda subió y cubrió a Carlos, nuevamente.
            Indignado con su amigo, acudió a ti para que lo auxiliaras. Le prestaste  un cepillo de ropa para que limpiara su traje; se fue al baño y, media hora después, apareció en la reunión con su smoking lleno de tiras blancas:
¡Había mojado el cepillo para limpiar la harina!
Ya no acudió a su compromiso, se quitó el saco y continuó la fiesta…
            Al día siguiente recibimos a nuestra madre con la pequeña Leticia en su regazo; su paso lento no tropezó con ningún obstáculo. Sus ojos escudriñantes, intuían diferencias en el orden de la casa, mas no lograban precisar qué era lo distinto. Días después, la señora que la ayudaba en el aseo le comentó que al piso se le formaban hilillos lechosos y se ponía chicloso al trapearlo:

            ¡Ahí, descubrió la fiesta!, pero ya andabas de viaje.

Reflexiones y piñatas

Reflexiones y piñatas


            Padre, fuiste un hombre honesto, de una sola pieza, sin desviaciones éticas; de carácter fuerte e impulsivo. Introvertido con tus hijos, extrovertido con amistades y familiares. Competitivo y audaz en los negocios. Creyente y practicante de la religión; tolerante con la ideología de los demás. Inflexible en tus juicios en casa: lo que pensabas o decías, era lo correcto, y se hacía.
            Responsable, trabajador y excelente proveedor, mantuviste a nuestra familia de diez hijos y, a tus padres, en condiciones de bienestar social y económico. Ausente por cuestiones de trabajo la mayor parte de mi infancia la pasé sin tu presencia. Cuando llegabas de viaje, encontrabas las quejas de las travesuras y maldades cometidas principalmente por Jesús, Guillermo, o yo. Manifestabas enojo y vociferabas en nuestra contra, bajabas las manos a la cintura y desabrochabas el cinturón, esa era la señal para echar a correr, salir a la calle y perderse por los terrenos baldíos en busca de los amigos. Protegidos por la penumbra del atardecer, entrabamos sigilosos a merendar. El conflicto había pasado, habías mostrado su autoridad y nosotros el arrepentimiento olvidado.
            Me intimidaba tú carácter, me avasallaba tú potestad. Intuía el cariño que no demostrabas. Mi madre te protegía y contribuía inconscientemente a aislarte al solicitarnos respetar tu privacidad y tranquilidad:
            ¾¡No hagan ruido!, que su padre está descansando, eran sus palabras y terminábamos por alejarnos en silencio.
            Nos acostumbraron  a besarte la mano al saludarte, y lo hice hasta los diez años, cuando ese acto comenzó a molestarme. No sé por qué razón me parecía humillante.  En varias ocasiones me tendiste la mano, y opté por acercarme y darte un abrazo. Con el tiempo, fue desapareciendo esa práctica entre lo hermanos.
            Esa máscara de autoridad,  representada en el establecimiento de normas estrictas de conducta te hacía distante, te aislaba, y nos incomunicaba. Contrastaba con el modo permisivo de actuar de nuestra madre.
            Te llevabas bien con nuestros amigos, platicabas y bromeabas con ellos.
¿Sabías que te apodaban el Zorro plateado?, por lo canoso.
Sí lo sabías, y te divertía.
           
Para encontrar al hombre jovial detrás de la máscara, me remontaré a la fecha de nacimiento de Leticia, la novena hermana:
            Visitaste a nuestra madre en el hospital y de regreso, nos preguntaste  si nos gustaría hacer una fiesta de disfraces. Entusiasmados, todos contestamos afirmativamente. Dijiste que mamá regresaría en dos días, haríamos la fiesta al día siguiente y tendríamos media mañana mas para arreglar la casa.
            La voz corrió por Coyoacán: ¡Fiesta de disfraces en casa de los Llera! No se permitirá la entrada sin disfraz, fue la consigna.
            Por la mañana, varios hermanos te acompañamos a comprar lo necesario, mientras otros preparaban el lugar.
            La entrada de la casa tenía un vestíbulo muy amplio, circundado por una escalera que llevaba al segundo piso, lugar ideal para la reunión, nos dijiste.
            Compraste dos piñatas, llenamos una con frutas y dulces; la otra, con cajetillas de cigarros. Más tarde,  le incorporaste un ingrediente especial.
            A las ocho de la noche, la casa estaba a reventar, cada hermano invitó a los amigos y estos, a sus amigos. Las charolas con bocadillos eran asaltadas en cuanto salían de la cocina, las jarras de agua de sabores vaciadas de inmediato. Las sillas que rodeaban el recinto se vaciaban y llenaban al ritmo de la música. Calacas bailando con conejas, magos con brujas; gladiadores y soldados romanos platicando amigablemente en alguna esquina. Máscaras y turbantes, lores con sombreros de copa y mendigos del brazo, observando a los bailarines…
            Formaste un jurado para dictaminar los ganadores por los mejores disfraces. Fue difícil la calificación, y al final, tu voto de calidad determinó que los vencedores fueran el muchacho fornido ¾jugador de futbol americano¾ disfrazado de bebé: con pañales, chambrita y botella de tequila con un chupón, que acostado en una carriola y empujado por su niñera ¾otro compañero de equipo¾, pasearon  por el vestíbulo de la casa ante el aplauso de la concurrencia.
            Y llegaron las piñatas. En la primera, después de varios participantes, aflojaste la cuerda para que la rompiera Bertha, la mayor de las hermanas.
            Causaba expectación la segunda, que contenía cajetillas de cigarrillos.
            Se acercó a ti el Granizo, amigo de mis hermanas, al que apreciabas, y te pidió que Carlos rompiera la piñata.  Él era el único de la reunión al que se había permitido no ir disfrazado porque iba a ser chambelán en el salón Riviera. Sólo iba a estar un momento en la fiesta, dijo. Iba vestido con un smoking elegante y lucía muy apuesto.
            Pasaron varios a intentar romper la piñata. Con los ojos vendados era difícil que le atinaran con un golpe contundente. Se acercó el Granizo a Carlos y lo empujó al centro del circulo de espectadores; con resistencia él se negó; los aplausos lo animaron. Después de vendarle los ojos y darle vueltas, comenzó a dar de palos. Al cuarto o quinto, la olla se partió y cayeron sobre él multitud de cajetillas de cigarros, cubiertas por kilos de harina, que al llegar al piso, levantaron una gran nube blanca. La neblina aumentó al lanzarse los jóvenes; la polvareda subió y cubrió a Carlos, nuevamente.
            Indignado con su amigo, acudió con mi padre que lo auxilió con un cepillo de ropa para que limpiara su traje. Se fue al baño y, media hora después, apareció en la reunión con su smoking lleno de tiras blancas:
¡Había mojado el cepillo para limpiar la harina!
Ya no acudió a su compromiso, se quitó el saco y continuó la fiesta…
            Al día siguiente recibimos a nuestra madre con la pequeña Leticia en su regazo; su paso lento no tropezó con ningún obstáculo. Sus ojos escudriñantes, intuían diferencias en el orden de la casa, mas no lograban precisar qué era lo distinto. Días después, la señora que la ayudaba en el aseo le comentó que al piso se le formaban hilillos lechosos y se ponía chicloso al trapearlo:
            ¡Ahí, descubrió la fiesta!, pero ya andabas de viaje.



domingo, 7 de agosto de 2016

Enfermedad

Enfermedad

Hay un tema que me atemoriza y siempre me ha preocupado: el de padecer una enfermedad que limite o elimine mis capacidades cognitivas o de memoria. Tengo miedo a ser dependiente, una carga para mis hijos o pareja sentimental.
            Actualmente las afecciones que me aquejan, limitan levemente mis capacidades físicas: la pérdida gradual del oído y las deficiencias de la visión, son compensadas aceptablemente mediante prótesis; y la diabetes, controlada con medicamentos, no resulta demasiado problemática.
            Mi padre, hombre sano, murió a los ochenta y siete años de un infarto cardíaco. Una muerte envidiable para los que le tememos a una enfermedad crónica. Cuando llegó a tener trastornos de la salud, los acrecentaba al ignorarlos o auto medicarse. En una ocasión cayó al hospital con una parálisis intestinal, por haber duplicado o triplicado la dosis de antibiótico que el médico le había recetado para una infección; otra vez, tapó la caries de una muela con pegamento epóxico, con lo que se provocó u absceso  y el taponamiento de varias brocas del dentista.
            Mi madre, en sus últimas etapas, recordaba a la perfección sucesos acaecidos durante su niñez y juventud, mas le costaba trabajo recordar lo comentado quince minutos antes. En su momento yo no lo comprendí muy bien, y me desesperaba el estar repitiendo lo mismo varias veces. En sus última etapa de vida, la demencia senil la avasalló. Mi padre la atendió amorosamente en todas sus necesidades hasta el día de su muerte, ocasionada por un derrame cerebral.
            Muy cercano a mí, he observado el deterioro de personas con alzhéimer, y me espanta. He palpado el sufrimiento de los familiares cercanos al no ser capaces de discernir los síntomas de la enfermedad. Las reacciones desesperadas, la exasperación y la impotencia, orillan a los responsables del enfermo a crisis nerviosas y a sacrificar a los demás miembros a vivir en constante contingencia. El enfermo dentro de su inconciencia, no se da cuenta de las alteraciones causadas.
Ahora, que he llegado a la senectud, lucho permanentemente con el olvido de situaciones diarias, de compromisos o asuntos pendientes. Me desespero y me preocupo, aunque los médicos no ven alarma en la sintomatología.
            Por lo anterior, sirva este relato como manifestación expresa de mi voluntad  de que en caso de una enfermedad terminal, opto por una muerte asistida. También, de que si se llegara el caso de ser una persona dependiente, no traten de conservarme en casa de algún familiar o ser querido, sino me transfieran a una institución especializada.


lunes, 1 de agosto de 2016

Imprudente ocurrencia

Imprudente ocurrencia
Gárgamel

Llegué a la casa de Luis Felipe y lo encontré en el comedor inclinado sobre una toalla en la mesa,  con un pequeño cepillo en la mano, un trapo y el bote de aceite lubricante al lado de él; apenas levanto la cabeza para saludarme:
            ¾Quihubo, dijo. Siéntate.
            ¾¿Qué haces?
            ¾Limpio la pistola de mi padre. La usaré a partir de ahora. Quiero ir a la colonia Romero de Terreros a visitar a una amiga y ya me cansé de que sus amigos nos impidan entrar a su territorio, declaró mientras embonaba las piezas recién lubricadas  y armaba la escuadra .32.
            ¾Déjame verla, me apresuré a decir.  La empuñé, sopesándola y sintiendo el peso frío metal en la palma de la mano; apunté hacia la ventana y corté cartucho, sentí cómo se deslizaba la corredera al incorporar el proyectil a la recámara  del arma con un siseo apenas perceptible. Desactive el percutor  y la entregué, maravillado. ¿La vas disparar?, pregunté.
            ¾¡No, hombre! Es sólo para asustarlos, y que no nos echen montón. Así podremos ir a la fiesta del sábado en la casa de Cristina.
            Cómo deseé en ese momento tener un arma igual. Pensé que podría lograrlo, mi papá tenía una.
            Esperé que mis padres no estuvieran en su recámara para buscar en la parte más profunda del clóset la Beretta 22 .
            A partir de ese día, andábamos enchamarrados para ocultar las armas. Sintiéndonos poderosos a nuestros dieciséis años, caminábamos tranquilamente por las calles prohibidas.
           
Conocí a Ángeles en una fiesta. la cabellera castaño claro caía sobre los hombros desnudos, acariciándolos en cada movimiento con el ritmo de la música.  Su  piel apiñonada dejaba ver una espalda delicada, salpicada de pecas vagabundas,  limitadas por el vestido strapless corto, de color blanco, que se ampliaba en las rodillas. Al tenerla frente a mi durante el baile, sus ojos chispearon alegría y la deliciosa sonrisa extendió los labios delgados, rosados y húmedos, implorando que los besara. Me entusiasmé y le prometí ir a la secundaria 38 por ella cuando saliera de clases.
            Nos bajamos del camión en Avenida Coyoacán, poco antes de la hora de salida. En la esquina opuesta, observamos a un grupo que identificamos como de la colonia General Anaya, los comandaba Bernardo, un tipo alto y flaco, que tenía fama de pendenciero.
            Como un hormiguero, decenas de uniformes guindas invadieron la banqueta y parte de la avenida. En compañía de Luis Felipe, atravesé la calle y divisé a Ángeles, la tomé del brazo y comenzamos a caminar. Sentí un fuerte tirón en el hombro y un grito:
            ¾¡Qué haces con mi novia!...
            ¾¿Es tu novio?, le pregunté a Ángeles.
             ¾No, lo fue, pero terminamos hace un mes.
             ¾¡Ah, entonces, piérdete!...
            Mientras me tiraba nuevamente del hombro, solté a Ángeles diciéndole: después te veo, y me voltee a golpearme con Bernardo. Pasando varios minutos, él cayó al suelo y sus amigos se acercaron con intención de participar, de atacarme.  Saqué la pistola, y haciendo un movimiento semicircular, los amenacé obligándolos a retroceder, se la pasé a Luis con la orden: ¡Si se meten dispárales!, y seguí mi pleito con Bernardo por varios minutos más, hasta que cansados y golpeados, ambos decidimos terminar.
            Días después, la señora que ayudaba a mi madre en los quehaceres de la casa, al tratar de colgar mi chamarra en el clóset y sentirla pesada, descubrió la pistola. Una fuerte reprimenda, sanciones y restricciones, me tuvieron fuera de circulación por varios meses.

31 de julio de 2016