Imprudente ocurrencia
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Llegué a la casa de Luis Felipe y lo
encontré en el comedor inclinado sobre una toalla en la mesa, con un pequeño cepillo en la mano, un trapo y
el bote de aceite lubricante al lado de él; apenas levanto la cabeza para
saludarme:
¾Quihubo, dijo. Siéntate.
¾¿Qué haces?
¾Limpio la pistola de mi padre. La usaré a partir de ahora. Quiero
ir a la colonia Romero de Terreros a visitar a una amiga y ya me cansé de que
sus amigos nos impidan entrar a su territorio, declaró mientras embonaba las
piezas recién lubricadas y armaba la
escuadra .32.
¾Déjame verla, me apresuré a decir.
La empuñé, sopesándola y sintiendo el peso frío metal en la palma de la
mano; apunté hacia la ventana y corté cartucho, sentí cómo se deslizaba la
corredera al incorporar el proyectil a la recámara del arma con un siseo apenas perceptible.
Desactive el percutor y la entregué,
maravillado. ¿La vas disparar?, pregunté.
¾¡No, hombre! Es sólo para asustarlos, y que no nos echen montón.
Así podremos ir a la fiesta del sábado en la casa de Cristina.
Cómo
deseé en ese momento tener un arma igual. Pensé que podría lograrlo, mi papá
tenía una.
Esperé
que mis padres no estuvieran en su recámara para buscar en la parte más
profunda del clóset la Beretta 22 .
A
partir de ese día, andábamos enchamarrados para ocultar las armas. Sintiéndonos
poderosos a nuestros dieciséis años, caminábamos tranquilamente por las calles
prohibidas.
Conocí a Ángeles en una fiesta. la
cabellera castaño claro caía sobre los hombros desnudos, acariciándolos en cada
movimiento con el ritmo de la música.
Su piel apiñonada dejaba ver una
espalda delicada, salpicada de pecas vagabundas, limitadas por el vestido strapless corto, de
color blanco, que se ampliaba en las rodillas. Al tenerla frente a mi durante
el baile, sus ojos chispearon alegría y la deliciosa sonrisa extendió los
labios delgados, rosados y húmedos, implorando que los besara. Me entusiasmé y
le prometí ir a la secundaria 38 por ella cuando saliera de clases.
Nos
bajamos del camión en Avenida Coyoacán, poco antes de la hora de salida. En la
esquina opuesta, observamos a un grupo que identificamos como de la colonia
General Anaya, los comandaba Bernardo, un tipo alto y flaco, que tenía fama de
pendenciero.
Como
un hormiguero, decenas de uniformes guindas invadieron la banqueta y parte de
la avenida. En compañía de Luis Felipe, atravesé la calle y divisé a Ángeles,
la tomé del brazo y comenzamos a caminar. Sentí un fuerte tirón en el hombro y
un grito:
¾¡Qué haces con mi novia!...
¾¿Es tu novio?, le pregunté a Ángeles.
¾No, lo fue,
pero terminamos hace un mes.
¾¡Ah, entonces,
piérdete!...
Mientras
me tiraba nuevamente del hombro, solté a Ángeles diciéndole: después te veo, y
me voltee a golpearme con Bernardo. Pasando varios minutos, él cayó al suelo y
sus amigos se acercaron con intención de participar, de atacarme. Saqué la pistola, y haciendo un movimiento
semicircular, los amenacé obligándolos a retroceder, se la pasé a Luis con la
orden: ¡Si se meten dispárales!, y seguí mi pleito con Bernardo por varios
minutos más, hasta que cansados y golpeados, ambos decidimos terminar.
Días
después, la señora que ayudaba a mi madre en los quehaceres de la casa, al
tratar de colgar mi chamarra en el clóset y sentirla pesada, descubrió la
pistola. Una fuerte reprimenda, sanciones y restricciones, me tuvieron fuera de
circulación por varios meses.
31 de julio de 2016
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