domingo, 7 de agosto de 2016

Enfermedad

Enfermedad

Hay un tema que me atemoriza y siempre me ha preocupado: el de padecer una enfermedad que limite o elimine mis capacidades cognitivas o de memoria. Tengo miedo a ser dependiente, una carga para mis hijos o pareja sentimental.
            Actualmente las afecciones que me aquejan, limitan levemente mis capacidades físicas: la pérdida gradual del oído y las deficiencias de la visión, son compensadas aceptablemente mediante prótesis; y la diabetes, controlada con medicamentos, no resulta demasiado problemática.
            Mi padre, hombre sano, murió a los ochenta y siete años de un infarto cardíaco. Una muerte envidiable para los que le tememos a una enfermedad crónica. Cuando llegó a tener trastornos de la salud, los acrecentaba al ignorarlos o auto medicarse. En una ocasión cayó al hospital con una parálisis intestinal, por haber duplicado o triplicado la dosis de antibiótico que el médico le había recetado para una infección; otra vez, tapó la caries de una muela con pegamento epóxico, con lo que se provocó u absceso  y el taponamiento de varias brocas del dentista.
            Mi madre, en sus últimas etapas, recordaba a la perfección sucesos acaecidos durante su niñez y juventud, mas le costaba trabajo recordar lo comentado quince minutos antes. En su momento yo no lo comprendí muy bien, y me desesperaba el estar repitiendo lo mismo varias veces. En sus última etapa de vida, la demencia senil la avasalló. Mi padre la atendió amorosamente en todas sus necesidades hasta el día de su muerte, ocasionada por un derrame cerebral.
            Muy cercano a mí, he observado el deterioro de personas con alzhéimer, y me espanta. He palpado el sufrimiento de los familiares cercanos al no ser capaces de discernir los síntomas de la enfermedad. Las reacciones desesperadas, la exasperación y la impotencia, orillan a los responsables del enfermo a crisis nerviosas y a sacrificar a los demás miembros a vivir en constante contingencia. El enfermo dentro de su inconciencia, no se da cuenta de las alteraciones causadas.
Ahora, que he llegado a la senectud, lucho permanentemente con el olvido de situaciones diarias, de compromisos o asuntos pendientes. Me desespero y me preocupo, aunque los médicos no ven alarma en la sintomatología.
            Por lo anterior, sirva este relato como manifestación expresa de mi voluntad  de que en caso de una enfermedad terminal, opto por una muerte asistida. También, de que si se llegara el caso de ser una persona dependiente, no traten de conservarme en casa de algún familiar o ser querido, sino me transfieran a una institución especializada.


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