Fuiste un padre responsable, trabajador y excelente
proveedor, mantuviste a nuestra familia de diez hijos y, a tus padres, en
condiciones de bienestar social y económico. Ausente por cuestiones de trabajo la
mayor parte de mi infancia la pasé sin tu presencia. Cuando llegabas de viaje,
encontrabas las quejas de las travesuras y maldades cometidas principalmente
por Jesús, Guillermo, o yo. Manifestabas enojo y vociferabas en nuestra contra,
bajabas las manos a la cintura y desabrochabas el cinturón, esa era la señal
para echar a correr, salir a la calle y perderse por los terrenos baldíos en
busca de los amigos. Protegidos por la penumbra del atardecer, entrabamos
sigilosos a merendar. El conflicto había pasado, habías mostrado autoridad y
nosotros el arrepentimiento olvidado.
Me intimidaba tú carácter, me
avasallaba la potestad. Intuía el cariño que no demostrabas. Mi madre te
protegía y contribuía inconscientemente a aislarte al solicitarnos respetar tu privacidad
y tranquilidad:
¾¡No hagan ruido!, que su
padre está descansando, eran sus palabras y terminábamos por alejarnos en
silencio.
Nos acostumbraron a besarte la mano al saludarte, y lo hice
hasta los diez años, cuando ese acto comenzó a molestarme. No sé por qué razón
me parecía humillante. En varias ocasiones
me tendiste la mano, y opté por acercarme y darte un abrazo. Con el tiempo, fue
desapareciendo esa práctica entre lo hermanos.
Esa máscara de autoridad, representada en el establecimiento de normas
estrictas de conducta te hacía distante, te aislaba, y nos incomunicaba.
Contrastaba con el modo permisivo de actuar de nuestra madre.
Te llevabas bien con nuestros amigos,
platicabas y bromeabas con ellos.
¿Sabías que te apodaban el Zorro plateado?, por lo canoso.
Sí, lo sabías, y te divertía.
Para
encontrar al hombre jovial detrás de la máscara, me remontaré a la fecha de
nacimiento de Leticia, la novena hermana:
Visitaste a nuestra madre en el
hospital y de regreso, nos preguntaste si nos gustaría hacer una fiesta de disfraces.
Entusiasmados, todos contestamos afirmativamente. Dijiste que mamá regresaría
en dos días, haríamos la fiesta al día siguiente y tendríamos media mañana para
arreglar la casa.
La voz corrió por Coyoacán: ¡Fiesta
de disfraces en casa de los Llera! No se permitirá la entrada sin disfraz, fue
la consigna.
Por la mañana, varios hermanos te
acompañamos a comprar lo necesario, mientras otros preparaban el lugar.
La entrada de la casa tenía un
vestíbulo muy amplio, circundado por una escalera que llevaba al segundo piso,
lugar ideal para la reunión, nos dijiste.
Compraste dos piñatas, llenamos una
con frutas y dulces; la otra, con cajetillas de cigarros. Más tarde, le incorporaste un ingrediente especial.
A las ocho de la noche, la casa
estaba a reventar, cada hermano invitó a los amigos y estos, a sus amigos. Las
charolas con bocadillos eran asaltadas en cuanto salían de la cocina, las
jarras de agua de sabores vaciadas de inmediato. Las sillas que rodeaban el
recinto se vaciaban y llenaban al ritmo de la música. Calacas bailando con
conejas, magos con brujas; gladiadores y soldados romanos platicando
amigablemente en alguna esquina. Máscaras y turbantes, lores con sombreros de
copa y mendigos del brazo, observando a los bailarines…
Formaste un jurado para dictaminar
los ganadores por los mejores disfraces. Fue difícil la calificación, y al
final, tu voto de calidad determinó que los vencedores fueran el muchacho
fornido ¾jugador de futbol americano¾ disfrazado de bebé: con
pañales, chambrita y botella de tequila con un chupón, que acostado en una
carriola y empujado por su niñera ¾otro compañero de equipo¾, pasearon por el vestíbulo de la casa ante el aplauso
de la concurrencia.
Y llegaron las piñatas. En la
primera, después de varios participantes, aflojaste la cuerda para que la
rompiera Bertha, la mayor de las hermanas.
Causaba expectación la segunda, que
contenía cajetillas de cigarrillos.
Se acercó a ti el Granizo, amigo de mis hermanas, al que
apreciabas, y te pidió que Carlos rompiera la piñata. Él era el único de la reunión al que se le había
permitido no ir disfrazado, porque iba a ser chambelán en el salón Riviera.
Sólo estaría un momento en la fiesta, dijo. Iba vestido con un smoking elegante
y lucía muy apuesto.
Pasaron varios a intentar romper la
piñata. Con los ojos vendados era difícil que le atinaran con un golpe
contundente. Se acercó el Granizo a
Carlos y lo empujó al centro del circulo de espectadores; con resistencia, se
negó; los aplausos lo animaron. Después de vendarle los ojos y darle vueltas,
comenzó a dar de palos. Al cuarto o quinto, la olla se partió y cayeron sobre
él multitud de cajetillas de cigarros, cubiertas por kilos de harina, que al
llegar al piso, levantaron una gran nube blanca. La neblina aumentó al lanzarse
los jóvenes; la polvareda subió y cubrió a Carlos, nuevamente.
Indignado con su amigo, acudió a ti para
que lo auxiliaras. Le prestaste un
cepillo de ropa para que limpiara su traje; se fue al baño y, media hora después,
apareció en la reunión con su smoking lleno de tiras blancas:
¡Había mojado el cepillo para limpiar la harina!
Ya no acudió a su compromiso, se quitó el saco y continuó
la fiesta…
Al día siguiente recibimos a nuestra
madre con la pequeña Leticia en su regazo; su paso lento no tropezó con ningún
obstáculo. Sus ojos escudriñantes, intuían diferencias en el orden de la casa,
mas no lograban precisar qué era lo distinto. Días después, la señora que la
ayudaba en el aseo le comentó que al piso se le formaban hilillos lechosos y se
ponía chicloso al trapearlo:
¡Ahí, descubrió la fiesta!, pero ya
andabas de viaje.
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