El dulce color de un recuerdo
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El arte es la magia de transmitir
ficción.
Éttiene Decroix
Con pinceles y pintura en la paleta, mi madre contemplaba la blanca
superficie de la pared esbozada a lápiz, de su proyecto de mural, en el amplio antecomedor
de la casa de Coyoacán. Subida en la escalera, el overol cubría toscamente su
agradable figura. El paliacate rojo sobre la cabeza se inclinaba hacia ambos
lados midiendo el reto, degustando de antemano el placer de sentir deslizárse el pincel impregnado del
oleoso color, y percibir en la nariz el fuerte olor a pino del aguarrás con el que
adelgazaba la pintura. Pronto, la blanca pared desechó su monótona vestimenta
cuando la diestra mano comenzó a ataviarla de vida .
Los tres muros se
transformaron en una extraña composición paisajística, en la que
representaba una pradera africana con pastizales en tonos amarillentos
salpicados de incipiete verdor. En el lado izquierdo de la pared central
campeaba con gallardía una soberbia jirafa de ojos grandes y melancólicos, cuyas
pestañas abanicaban la maleza en cada parpadeo; en su hocico, se pefilaba una
dulce sonrisa al rumiar el alimento. En el horizonte, un vano intento de cubrir
la luminosidad con tonos grises, de nubes preñadas de agua presagiando un cielo
a punto de llorar. En otra pared, un antílope de largos cuernos, entre
flores multicolores, otea nervioso mientras pasta; observa con atención a un
león descansando a lo lejos sobre la alfombra azul violeta de tres jacarandas,
que extienden sus ondulados brazos cubriendo con amplitud el entorno de un variante
ramaje cromático. El antecomedor cambió
varias veces de temática durante los lustros en los que habitamos la casa de
Coyoacán.
A la distancia rememoro la llegada de la escuela: el
vocerío ensordecedor y el tropel precipitado que anunciaba nuestra entrada, la
hacía bajar de la escalera e incorporárse a la rutina diaria. Eramos diez hijos
y... sólo una madre. La algarabía, el ruido de las pláticas, discusiones y
carcajadas se extendió por por su vida y la cubrió permanentemente de un
bullicio atronador, alejándola frecuentemente de su obsesión y placer: la
pintura.
Nuestra
madre, pacientemente y con alegría, nos fue introduciéndo al mundo del arte,
del color, de la creación artística. En ocasiones nos sentaba a su lado
mientras trabajaba en algún cuadro y nos impulsaba a acompañarla a pintar,
mientras platicaba de técnicas, de pintores famosos y su obra. En lo
particular, me inculcó la belleza del claro oscuro con Rembrandt, Caravaggio y
Leonardo da Vinci y el gusto por el expresionismo como el de Van Gogh y Renoir.
La mayoría de los hermanos, le heredamos el buen
humor, la curiosidad por innovar y el gusto por el arte; algunos, su habilidad.
La fortaleza en el recuerdo de su brillante
personalidad acentúan el agradecimiento permanente y el amor por su presencia
en mi vida; he sentido su mano creativa pincelar mi existencia con el colorido
permanente de su creatividad. El clarooscuro y el impresionismo mezclados en un
sinfín de vivencias y emociones, que me han permitido el disfrute pleno de mi
transcurrir.
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