Momentos de felicidad
Yo soy
yo y mi circunstancia.
José Ortega y
Gasset
Pienso en la
felicidad, como la conjunción de procesos
de satisfacción personal en las circunstancias sociales, familiares, y ambientales en que me desenvuelvo. No Creo
que en la vida exista la felicidad plena, sólo son períodos, en los que los
acontecimientos me proporcionan gozo, placer, alegría y satisfacción, a pesar
de que en el entorno fluyan situaciones conflictivas. Disfruto, porque deslizo
sobre la problemática un velo de oscuridad que recubre el horizonte, nublándolo
en una momentánea lejanía. La
felicidad integral, es sólo una promesa religiosa, una quimera a disfrutar después de la muerte.
En mi existencia he atesorado
innumerables momentos de felicidad; como avaro los guardo en el arcón de la
memoria y, en los momentos de soledad, abro la tapa y los voy puliendo uno a
uno para degustarlos, sublimados por el tiempo, como el vino añejo que deleita
los sentidos.
Las situaciones dolorosas, tristes,
conflictivas, se han quedado desparramadas a la orilla de la vereda, y el polvo
las ha ido cubriendo de olvido. De vez en cuando, en el camino tropiezo con una
piedra, que al arrastrarla, raspa la pátina apareciendo el escollo, la pena,
asomándo nuevamente el dolor. Opto al instante por patearla, alejarla de mi
vida, tratando de que el tiempo la opaque, la difumine, la confunda en la oscuridad
del pasado.
El nacimiento de mis hijos, enmarcados
cada uno de ellos en su circunstancia particulares, ha representado momentos
intensos de felicidad; alegrías que me han marcado con una profunda emotividad.
Por ser la primera hija, quisiera relatar
su nacimiento y la circunstancia que nos envolvía a Patricia y a mí:
Llevábamos seis años de casados, habíamos
ahorrado y conseguimos préstamo para
comprar casa en un fraccionamiento nuevo al sur de la ciudad. La calle donde
vivíamos se extendía por dos cuadras y estaba plagada de matrimonios jóvenes.
Por problemas con la compañía constructora, teníamos frecuentemente reuniones
de colonos; en ellas se estableció la
amistad de un grupo de ocho a diez
parejas, que convivíamos en fiestas los fines de semana. Comidas, bebidas, y baile hasta las madrugadas, generaron una
amistad entrañable.
Patricia quedó embarazada y las
fiestas continuaron durante el proceso; comenzó también la rivalidad para el
padrinazgo. Había dos parejas que pugnaban para qué los hiciéramos compadres .Nosotros
pesábamos que había que seleccionar amistades que perduraran por toda la vida,
para que asumieran esa responsabilidad; escogimos a Elsa y a Beto, y lo
celebramos con ellos varias semanas antes del nacimiento de Vanessa.
Sentí el codazo y
el grito cercano al oído:
¾¡Levántate!, ya se rompió la fuente.
Aturdido y nervioso me apresuré a
vestir, y recoger la maleta previamente preparada con su ropa y la del bebé.
Eran las siete y media de la mañana
cuando salimos en el volkswagen rumbo al hospital Español. El tráfico pesado en
el periférico nos obligaba a ir a vuelta
de rueda. Patricia con contracciones cada vez más seguidas, pujaba, lloraba,
me maldecía y apuraba a que avanzara más rápido; yo tocaba el claxon con
desesperación para que me dieran el paso; los automóviles a los lados me
cerraban el paso y me hacían señas obscenas, hasta que se enteraban de nuestra
situación. A partir de ahí, me
acompañaban con sus bocinas, pero no se apartaban. Por fin llegamos, me
estacioné frente a la puerta de urgencias, obstruyendo el paso de vehículos y,
trabajosamente la llevé hacia la camilla que apresuradamente nos
proporcionaron. Vanessa nació media hora después.
Cuando el médico llegó a la sala
para comunicarme el nacimiento, lo escuché con atención, y me tranquilizó al
decirme que ambas estaban sanas y las podría ver en un rato más. La felicidad
me invadió, una paz relajante afloró en mi ser y comencé a sonreír, la
felicidad me invadió en un ensimismamiento tal que, caminaba flotando por los
pasillos, sin rumbo definido, sintiendo tan sólo la necesidad de moverme; las
gentes que se cruzaban conmigo me sonreían; médicos, enfermeras y pacientes, se
armonizaban conmigo en la felicidad, como en una coreografía de comedia
musical. Me sacó del ensueño la cachetada de realidad: pensar en la cuenta del
hospital; y de ahí, ¿qué, con el futuro de mi hija?
Llegué al cuarto, Patricia adolorida
y cansada sostenía a nuestra hija en su regazo y me la pasaron en un taco rosa;
con torpeza y temor por la fragilidad la cargué, sólo sobresalía del bulto una
carita roja, abotagada y con escasos pelos güeros relamidos sobre su bermeja
cabeza.
¾¿A quién se parece?, dijo Patricia.
La observé detenidamente, y pensé:
los bebés recién nacidos no se parecen a nadie, están hinchados por el
esfuerzo.
¾Tal vez a tu familia, respondí. Quizá a tú papá…
Por la tarde comenzó el desfile de
familiares y amistades. Como en el hospital Español eran en esa época muy
permisivos, el cuarto se llenó de visitas; los que no cabían salían a una pequeña
estancia dónde había dos sillones. El cuarto era una tertulia de parientes, y
sólo cuando iba amamantar Patricia, los hombres salían a la estancia a fumar y
platicar.
Y por la noche, llegaron los
compadres, con los demás vecinos en caravana. Cargaban flores, bombones,
chocolates y chambritas. Entraron en bola a felicitar a la nueva madre;
amontonados alrededor de la cama, la felicitaban y hacían graciosas
observaciones. Patricia, demacrada, sonreía agradeciendo la visita, pero
implorando en su interior para que le dieran un poco de paz y tranquilidad.
Eran la ocho de la noche y el
bullicio seguía. Entró la enfermera con la criatura en brazos para que la madre
la amamantara. Por lo tanto, lo hombres, fuera. Mientras duraba el proceso, en
la estancia, se destapó la botella de cognac que habían traído los vecinos, y
se usaron los conos del garrafón de agua para el brindis correspondiente; en
compensación yo repartí los consabidos puros. Así, las conversaciones subieron
de tono en un ambiente humeante con olor a puro y las risas y carcajadas se
difundieron por los corredores del sanatorio.
Las palabras recriminatorias del
administrador del nosocomio, que acudió por las quejas de los pacientes vecinos,
pospusieron la celebración hasta nuestro regreso a casa.
Mi hija, sobrevivió a una etapa de la niñez con fiestas de fin de
semana; se terminó cuando nos fuimos a vivir a Mérida y con Mauricio recién
nacido. Pero esa, es otra historia…
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