lunes, 20 de junio de 2016

Momentos de felicidad

Momentos de felicidad


Yo soy yo y mi circunstancia.
José Ortega y Gasset


Pienso en la felicidad,  como la conjunción de procesos de satisfacción personal en las circunstancias  sociales, familiares, y ambientales en que  me desenvuelvo. No Creo que en la vida exista la felicidad plena, sólo son períodos, en los que los acontecimientos me proporcionan gozo, placer, alegría y satisfacción, a pesar de que en el entorno fluyan situaciones conflictivas. Disfruto, porque deslizo sobre la problemática un velo de oscuridad que recubre el horizonte, nublándolo en una momentánea lejanía. La felicidad integral, es sólo una promesa religiosa,  una quimera a disfrutar después de la muerte.
            En mi existencia he atesorado innumerables momentos de felicidad; como avaro los guardo en el arcón de la memoria y, en los momentos de soledad, abro la tapa y los voy puliendo uno a uno para degustarlos, sublimados por el tiempo, como el vino añejo que deleita los sentidos.
            Las situaciones dolorosas, tristes, conflictivas, se han quedado desparramadas a la orilla de la vereda, y el polvo las ha ido cubriendo de olvido. De vez en cuando, en el camino tropiezo con una piedra, que al arrastrarla, raspa la pátina apareciendo el escollo, la pena, asomándo nuevamente el dolor. Opto al instante por patearla, alejarla de mi vida, tratando de que el tiempo la opaque, la difumine, la confunda en la oscuridad del pasado.
            El nacimiento de mis hijos, enmarcados cada uno de ellos en su circunstancia particulares, ha representado momentos intensos de felicidad; alegrías que me  han marcado con una profunda emotividad.
            Por ser la primera hija, quisiera relatar su nacimiento y la circunstancia que nos envolvía a Patricia y a mí:
            Llevábamos seis años de casados, habíamos ahorrado  y conseguimos préstamo para comprar casa en un fraccionamiento nuevo al sur de la ciudad. La calle donde vivíamos se extendía por dos cuadras y estaba plagada de matrimonios jóvenes. Por problemas con la compañía constructora, teníamos frecuentemente reuniones de colonos; en ellas se estableció  la amistad de un  grupo de ocho a diez parejas, que convivíamos en fiestas los fines de semana. Comidas, bebidas, y  baile hasta las madrugadas, generaron una amistad entrañable.
            Patricia quedó embarazada y las fiestas continuaron durante el proceso; comenzó también la rivalidad para el padrinazgo. Había dos parejas que pugnaban para qué los hiciéramos compadres .Nosotros pesábamos que había que seleccionar amistades que perduraran por toda la vida, para que asumieran esa responsabilidad; escogimos a Elsa y a Beto, y lo celebramos con ellos varias semanas antes del nacimiento de Vanessa.

Sentí el codazo y el grito cercano al oído:
            ¾¡Levántate!, ya se rompió la fuente.
            Aturdido y nervioso me apresuré a vestir, y recoger la maleta previamente preparada con su ropa y la del bebé.
            Eran las siete y media de la mañana cuando salimos en el volkswagen rumbo al hospital Español. El tráfico pesado en el periférico nos obligaba a ir a vuelta de rueda. Patricia con contracciones cada vez más seguidas, pujaba, lloraba, me maldecía y apuraba a que avanzara más rápido; yo tocaba el claxon con desesperación para que me dieran el paso; los automóviles a los lados me cerraban el paso y me hacían señas obscenas, hasta que se enteraban de nuestra situación. A  partir de ahí, me acompañaban con sus bocinas, pero no se apartaban. Por fin llegamos, me estacioné frente a la puerta de urgencias, obstruyendo el paso de vehículos y, trabajosamente la llevé hacia la camilla que apresuradamente nos proporcionaron. Vanessa nació media hora después.
            Cuando el médico llegó a la sala para comunicarme el nacimiento, lo escuché con atención, y me tranquilizó al decirme que ambas estaban sanas y las podría ver en un rato más. La felicidad me invadió, una paz relajante afloró en mi ser y comencé a sonreír, la felicidad me invadió en un ensimismamiento tal que, caminaba flotando por los pasillos, sin rumbo definido, sintiendo tan sólo la necesidad de moverme; las gentes que se cruzaban conmigo me sonreían; médicos, enfermeras y pacientes, se armonizaban conmigo en la felicidad, como en una coreografía de comedia musical. Me sacó del ensueño la cachetada de realidad: pensar en la cuenta del hospital; y de ahí, ¿qué, con el futuro de mi hija?
            Llegué al cuarto, Patricia adolorida y cansada sostenía a nuestra hija en su regazo y me la pasaron en un taco rosa; con torpeza y temor por la fragilidad la cargué, sólo sobresalía del bulto una carita roja, abotagada y con escasos pelos güeros relamidos sobre su bermeja cabeza.
            ¾¿A quién se parece?, dijo Patricia.
            La observé detenidamente, y pensé: los bebés recién nacidos no se parecen a nadie, están hinchados por el esfuerzo.
            ¾Tal vez a tu familia, respondí. Quizá a tú papá…
            Por la tarde comenzó el desfile de familiares y amistades. Como en el hospital Español eran en esa época muy permisivos, el cuarto se llenó de visitas; los que no cabían salían a una pequeña estancia dónde había dos sillones. El cuarto era una tertulia de parientes, y sólo cuando iba amamantar Patricia, los hombres salían a la estancia a fumar y platicar.
            Y por la noche, llegaron los compadres, con los demás vecinos en caravana. Cargaban flores, bombones, chocolates y chambritas. Entraron en bola a felicitar a la nueva madre; amontonados alrededor de la cama, la felicitaban y hacían graciosas observaciones. Patricia, demacrada, sonreía agradeciendo la visita, pero implorando en su interior para que le dieran un poco de paz y tranquilidad.
            Eran la ocho de la noche y el bullicio seguía. Entró la enfermera con la criatura en brazos para que la madre la amamantara. Por lo tanto, lo hombres, fuera. Mientras duraba el proceso, en la estancia, se destapó la botella de cognac que habían traído los vecinos, y se usaron los conos del garrafón de agua para el brindis correspondiente; en compensación yo repartí los consabidos puros. Así, las conversaciones subieron de tono en un ambiente humeante con olor a puro y las risas y carcajadas se difundieron por los corredores del sanatorio.
            Las palabras recriminatorias del administrador del nosocomio, que acudió por las quejas de los pacientes vecinos, pospusieron la celebración hasta nuestro regreso a casa.
            Mi hija, sobrevivió  a una etapa de la niñez con fiestas de fin de semana; se terminó cuando nos fuimos a vivir a Mérida y con Mauricio recién nacido. Pero esa, es otra historia…  
                                                                                               

            

No hay comentarios:

Publicar un comentario