lunes, 11 de abril de 2016

Un domingo de 1950

Un domingo de 1950


Me levantaron temprano para ir a comprar la barbacoa al mercado; parecía que era invierno, porque mamá decidió ponerme un abrigo gris de fieltro, al que levantó el cuello al abrocharlo, lo que obligó a que respirara entre solapas; el atuendo cubría las piernas que dejaba expuestas el pantalón corto; como complemento: calcetines altos, medias botas, y una cachucha. Tomado de la mano de mi padre caminamos las cuatro cuadras que nos separaban del lugar. Comer barbacoa los domingos, era un ritual en el que participábamos toda la familia: nuestros padres, tres hermanas, Jesús y yo.
Gustaba de ir al mercado, ver a la gente comprar y dialogar con los comerciantes; disfrutar los olores de frutas y flores, y saborear las probaditas en los diferentes puestos. En el almuerzo, nos preparaban gruesos tacos ¾difíciles de abarcar con nuestras pequeñas manos¾ que desbordaban la carne o el aguacate en el plato al dar la mordida; Mofletudos, con el alimento en la boca, tratábamos de articular conversaciones inentendibles, causando la bulla de los demás y la cantinela de mamá: el que come y canta…  loco se levanta
Ese día, después del almuerzo, fuimos al futbol; llevaba la pelota azul con la que siempre jugaba en el departamento. Gran aficionado del Necaxa, nuestro padre asistía regularmente con el abuelo materno a los partidos que se desarrollaban en el estadio de la Ciudad de los Deportes. En aquella ocasión, fuimos sólo él y yo.
Bajamos del autobús y caminamos presurosos rumbo al estadio; un río de gente acompañaba el transitar, ondeando banderines de los equipos en disputa; alegres conversadores nos rodeaban y rebasaban con pasos inquietos. Bordeados por puestos de comida, el olor de los guisos con chorizo flotaba en el ambiente; los taqueros vociferaban la excelencia de sus productos; vendedores de baratijas tendían su mercancía sobre el pavimento. Mi padre, apresuraba el paso, la turba engrosaba conforme nos acercábamos al estadio. Con dificultad, trataba de seguirle el paso, hasta que comenzó a dolerme el hígado, y lloré. Con rapidez me montó sobre sus hombros, y después de un trecho, llegamos a las taquillas. Una larga fila de aficionados esperaba para comprar boletos. Ya estábamos a la mitad, cuando mi padre, nervioso, se asomó a observar a los del principio. De improviso, volteó y dijo:
¾ ¡No te muevas!, ¡no te salgas de la fila!
Caminó rápido hacia la taquilla, al llegar se armó una confusión y poco después, regresó ruborizado, sudoroso; y  la fila comenzó a avanzar.
Después del partido llegamos a casa y mamá, preguntó:
¾¿Cómo les fue en el partido, hijo?
¾Bien, Papá se encontró un amigo, le gritó: ¡Señor, Cabrera!, ¡cabrera!, ¡no te metas, cabrera!, y me dejó solo para ir a darle un abrazo…
 Pasé la tarde pateando la pelota azul; rebotaba en las patas de la mesa, en las paredes de la sala, en los sillones, hasta que exasperado, mi padre me la quitó.

¾¡Vengan a merendar!, gritó nuestra madre.
En tropel, llegamos a la mesa y ocupamos nuestro lugar. Llegó con una charola de pan de dulce  y una botella de leche. Bertha, la hermana mayor, dijo:
¾Enciende el radio, ya ha de estar Cri-Cri
Mi madre lo hizo y, escuchamos la melodía de introducción al programa:
¾¿Quién es el anda ahí?
¾ Es, Cri-cri, es Cri-cri.
¾Y ¿Quién es ese señor?
¾¡El grillo, cantor!
Y… Comenzó la narración de historias intercaladas con canciones: brujas en castillos, perros en la escuela, mundos de dulce y galleta, un ratón vaquero, la muñeca rota y fea; esa patita, que se contoneaba al caminar y tenía un marido haragán y perezoso; el chorrito de agua con calor, platicando con una hormiga emperifollada…
 Media hora intensa de fantasía e ilusiones; media hora, que no queríamos que terminara nunca.
Y después… La voz de Tomás Perrín y la de Velia Vegar, diciendo:
¾¡Cuidado, Carlos!, ¡cuidado!
¾¡Dispara, Margot!, ¡dispara!
¡Bang!, ¡bang!
¾XEW, la voz de la América Latina desde México, presenta:
 ¡La policía, siempre vigila!
            El día terminó con la voz de mi madre diciendo:
¾¡A dormir, niñas! Que mañana tienen escuela. Y… Jesús y yo, nos fuimos detrás de ellas.


  

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