Un domingo de 1950
Me levantaron temprano para ir a
comprar la barbacoa al mercado; parecía que era invierno, porque mamá decidió
ponerme un abrigo gris de fieltro, al que levantó el cuello al abrocharlo, lo
que obligó a que respirara entre solapas; el atuendo cubría las piernas que
dejaba expuestas el pantalón corto; como complemento: calcetines altos, medias botas,
y una cachucha. Tomado de la mano de mi padre caminamos las cuatro cuadras que
nos separaban del lugar. Comer barbacoa los domingos, era un ritual en el que
participábamos toda la familia: nuestros padres, tres hermanas, Jesús y yo.
Gustaba de
ir al mercado, ver a la gente comprar y dialogar con los comerciantes;
disfrutar los olores de frutas y flores, y saborear las
probaditas en los diferentes
puestos. En el almuerzo, nos preparaban gruesos tacos ¾difíciles de abarcar
con nuestras pequeñas manos¾ que desbordaban
la carne o el aguacate en el plato al dar la mordida; Mofletudos, con el
alimento en la boca, tratábamos de articular conversaciones inentendibles,
causando la bulla de los demás y la cantinela de mamá: el que come y canta… loco se
levanta
Ese día,
después del almuerzo, fuimos al futbol; llevaba la pelota azul con la que
siempre jugaba en el departamento. Gran aficionado del Necaxa, nuestro padre
asistía regularmente con el abuelo materno a los partidos que se desarrollaban
en el estadio de la Ciudad de los Deportes. En aquella ocasión, fuimos sólo él
y yo.
Bajamos
del autobús y caminamos presurosos rumbo al estadio; un río de gente acompañaba
el transitar, ondeando banderines de los equipos en disputa; alegres
conversadores nos rodeaban y rebasaban con pasos inquietos. Bordeados por
puestos de comida, el olor de los guisos con chorizo flotaba en el ambiente;
los taqueros vociferaban la excelencia de sus productos; vendedores de
baratijas tendían su mercancía sobre el pavimento. Mi padre, apresuraba el paso,
la turba engrosaba conforme nos acercábamos al estadio. Con dificultad, trataba
de seguirle el paso, hasta que comenzó a dolerme el hígado, y lloré. Con
rapidez me montó sobre sus hombros, y después de un trecho, llegamos a las
taquillas. Una larga fila de aficionados esperaba para comprar boletos. Ya
estábamos a la mitad, cuando mi padre, nervioso, se asomó a observar a los del
principio. De improviso, volteó y dijo:
¾ ¡No te muevas!, ¡no
te salgas de la fila!
Caminó
rápido hacia la taquilla, al llegar se armó una confusión y poco después, regresó
ruborizado, sudoroso; y la fila comenzó
a avanzar.
Después
del partido llegamos a casa y mamá, preguntó:
¾¿Cómo les fue en el
partido, hijo?
¾Bien, Papá se
encontró un amigo, le gritó: ¡Señor, Cabrera!, ¡cabrera!, ¡no te metas,
cabrera!, y me dejó solo para ir a darle un abrazo…
Pasé la tarde pateando la pelota azul; rebotaba
en las patas de la mesa, en las paredes de la sala, en los sillones, hasta que
exasperado, mi padre me la quitó.
¾¡Vengan a merendar!,
gritó nuestra madre.
En
tropel, llegamos a la mesa y ocupamos nuestro lugar. Llegó con una charola de
pan de dulce y una botella de leche.
Bertha, la hermana mayor, dijo:
¾Enciende el radio, ya
ha de estar Cri-Cri
Mi madre
lo hizo y, escuchamos la melodía de introducción al programa:
¾¿Quién es el anda
ahí?
¾ Es, Cri-cri, es
Cri-cri.
¾Y ¿Quién es ese
señor?
¾¡El grillo, cantor!
Y…
Comenzó la narración de historias intercaladas con canciones: brujas en
castillos, perros en la escuela, mundos de dulce y galleta, un ratón vaquero, la
muñeca rota y fea; esa patita, que se contoneaba al caminar y tenía un marido
haragán y perezoso; el chorrito de agua con calor, platicando con una hormiga
emperifollada…
Media hora intensa de fantasía e ilusiones;
media hora, que no queríamos que terminara nunca.
Y
después… La voz de Tomás Perrín y la de Velia Vegar, diciendo:
¾¡Cuidado, Carlos!,
¡cuidado!
¾¡Dispara, Margot!,
¡dispara!
¡Bang!,
¡bang!
¾XEW, la voz de la
América Latina desde México, presenta:
¡La policía, siempre vigila!
El
día terminó con la voz de mi madre diciendo:
¾¡A dormir, niñas! Que
mañana tienen escuela. Y… Jesús y yo, nos fuimos detrás de ellas.
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