lunes, 18 de abril de 2016

Fin de año en Sanctorum

Fin de año en Sanctorum
Gárgamel

            la familia de mi cuñado, había adquirido el casco de la Hacienda de la Concepción, cercana al pueblo de Sanctorum, Tlaxcala; la reconstruyó con sus características originales y adecuó para hospedar familias numerosas. Intentaron también establecer explotaciones agropecuarias intensivas, como la cría de gallos de pelea, de mucha afición en la zona; cabras y borregos, cerdos, gallinas, conejos, árboles frutales y caballos. Con siete hectáreas de terreno árido y sin agua de riego, ninguna actividad productiva era económicamente rentable, pero sí, turísticamente disfrutable.
            Llegaron las diferentes familias el sábado 28 de diciembre desde varios puntos de la República. Al anochecer, pululaban por los salones pláticas animadas, risas estentóreas; anécdotas volátiles, mordaces, sarcásticas, punzantes, que provocaban carcajadas. Corrían abrazos, besos y palmadas afectuosas a posarse sobre cariños lejanos en habitat, pero aferrados en el corazón. La familia… la liga que nos une con la historia.
            la cena de quesadillas y frijoles, circulaba entre mesas de dominó y de cartas, en la enorme sala animada por la fulgente chimenea. Se escuchaba música ruidosa compitiendo con las conversaciones. Al inicio de un rock, varias manos femeninas se tendieron para invitarme a bailar; entre ellas, una pequeña, la de mi hija Yuri, que tenía ocho años y que bailaba conmigo desde los cuatro; obviamente la seleccioné. El ritmo acompasado, el girar de los cuerpos, y la sincronía de los pasos, sorprendió a la concurrencia, que aplaudió entusiasmada.  Vivaz y risueña, Yuri se complacía con el baile. Su regordeta figura, la blanca tez, pelo oscuro y los grandes ojos irradiantes de emoción, demostraron el placer que le causaba ser admirada.
            No recuerdo si fue el domingo o el lunes por la mañana, cuando fui a montar con mi sobrina Tannia y Alejandro, el tercero de mis hijos, de diez años de edad, en ese entonces. Cada quién cabalgaba su caballo, y yo tiraba de las riendas de los de ellos. A  mi sobrina le dio miedo y me pidió que la bajara, que se regresaría caminando; me apeé y cuando la cargué para bajarla, la cabalgadura de Alejandro comenzó a caminar; el caballo pisó sus bridas y al sentir el tirón, se asustó y trotó en dirección al rancho; Alejandro daba tumbos sobre la silla, el caballo respingaba y coceaba espantado; en un brinco, salió despedido cayendo entre las patas de la bestia. Con raspones en cuerpo y cara, por haber caído entre arbustos, lo llevé a que lo atendieran. Su rostro moreno claro, estaba lívido del susto y solo algunas lágrimas resbalaron sobre la almohada antes de entrar en un profundo sueño.
            ¡El día esperado!, el 31 de diciembre, el último día del año en el que Salinas de Gortari, presidente de México, firmo el Tratado de Libre Comercio con Estado Unidos de Norte América y Canadá, que prometía sacar al país del tercer mundo e impulsarlo al primero, sin conseguirlo; ¡por fin, terminaba un año de malos augurios! Ese día, comenzamos muy temprano a instalar los puestos de la kermés que se iniciaría al mediodía: puestos de comida, bebidas, juegos, lectura de cartas y karaoke.
            Se distribuyeron billetes de juguete para pagar los juegos y comenzó la fiesta: puestos adornados con flores, vistosas ollas de comida, guisados con olores que te abrían el apetito: tacos, sopes, mole, arroz, rajas; delicias que fuimos degustando en el rondar de los locales. Nuestro puesto: tiro al blanco, con dardos. Un local muy concurrido fue el de Ali Baba, lectura de cartas, del café, de manos. La prima Martha, con  toga y turbante, pronosticaba el futuro de cada uno de la familia que se acercaba. A la mayoría de las mujeres les predijo que había un bebé en su futuro cercano; bromeaban con ello, unas festejando y otras, lamentándolo.
            Se escuchaban la canciones interpretadas en el karaoke, la mayoría de los participantes desafinaba. Escuché, una voz conocida y voltee, era Mauricio, mi hijo de catorce años, interpretando:
…con zapatos de tacón 
las nenas se ven mejor 
que con zapatos de piso... 

            Tomaba el micrófono, cantaba y se movía en escenario con la naturalidad de un interprete de carrera. Los primos lo aplaudieron y le pidieron más canciones. Ahí intuí que su profesión serían las artes histriónicas.
            Día primero del nuevo año, día de ducha obligada. Y para cumplir con este aforismo, Vanessa mi hija mayor, de 16 años, naufragó junto con dos primas, con la canoa en el pequeño jagüey. Enlodadas, atravesaron la hilera de familiares sonrientes, como aves fénix, que fracasaron al cruzar el pantano.
Días después, las predicciones de mi prima Martha se hicieron realidad en su familia:
¡Su hija adolescente, estaba embarazada!


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