Una tarde de cine
Debería haber
hecho bastante frío, porque me pusieron el abrigo de lana gris y la boina. Tal
vez era un sábado por la tarde. Mis tres hermanas habían convencido a nuestra
madre para que nos llevara al cine.
Alrededor de los cinco años, iría por primera
vez a un cinematógrafo. Como grandes conocedoras, explicaban lo que vería: la
oscuridad de la sala, la pantalla gigante, los personajes de las caricaturas,
los colores y el sonido escandaloso; al hablar, reían entusiasmadas. Regordete
de cuerpo y redondo de cara, reía emocionado con las descripciones del lugar.
Era incapaz de imaginarlas, pero el rubor en las mejillas y la sonrisa
embelesada denotaba la emoción sentida y la expectativa creada.
Abandonamos el departamento de la
calle de Aragón y caminamos tomados de las manos las dos cuadras que nos
separaban del cine Álamos: un cine de barrio, ubicado en calzada de Tlalpan,
que años después se convertiría en el cine Viaducto. El viento frío se colaba
por debajo del abrigo, enfriando las rodillas, que no alcanzaban a tapar el
pantalón corto. Arrejuntado a mi madre, soporté la sensación desagradable hasta
llegar al lugar.
Se exhibían tres películas por función y llegamos a tiempo.
Apagaron las luces y emocionado inicié
el disfrute de la cinta. Platicando con mi madre años después, supe se llamaba “Canción
del sur”: dónde el tío Remus, un campesino negro, relata cuentos de animales
del bosque, e interactúa con los personajes de caricatura. Tenían que callarme,
porque comentaba a cada momento los acontecimientos.
La segunda película fue “La cabaña
del tío Tom”, sólo recuerdo que me dio
miedo y lloré cuando aparecieron llamas en la pantalla al estarse quemando la
cabaña. Parece ser que dormí... Desperté al oír música de orquesta, estaban
tocando jazz en un centro nocturno y una pareja de bailarines negros hacía
pasos malabares y sincronizados en la pista. Bailaban tap; el sonido rítmico
que producían sobre el piso, era
fascinante. Ahora sé que la película se llamó “Las viudas del jazz”. En un
momento del espectáculo, los bailarines retrocedían hasta el fondo de la
pista, se encarreraban hacia una pared,
saltaban, daban dos pasos sobre ella y con un giro de sus cuerpos, caían
nuevamente sobre el piso y seguían el baile.
Llegando a casa le platicamos las
películas a nuestro padre y, en pocas palabras, la coreografía. Me animó a que
la repitiera; puso un disco de 78 rpm. de jazz en el fonógrafo, y comencé a
bailar tap. Mis hermanas y padres me animaban y aplaudían. Emocionado, aún con
el abrigo puesto, taconeaba sobre la duela, levantaba los pies y saltaba. Para
terminar espectacularmente, me encarreré sobre la pared e intenté caminar sobre
ella… mi madre, cariñosamente limpió con su pañuelo la sangre de la nariz y me
arropó amorosamente entre sus brazos.
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