miércoles, 6 de abril de 2016

Una tarde de cine

Una tarde de cine

Debería haber hecho bastante frío, porque me pusieron el abrigo de lana gris y la boina. Tal vez era un sábado por la tarde. Mis tres hermanas habían convencido a nuestra madre para que nos llevara al cine.
             Alrededor de los cinco años, iría por primera vez a un cinematógrafo. Como grandes conocedoras, explicaban lo que vería: la oscuridad de la sala, la pantalla gigante, los personajes de las caricaturas, los colores y el sonido escandaloso; al hablar, reían entusiasmadas. Regordete de cuerpo y redondo de cara, reía emocionado con las descripciones del lugar. Era incapaz de imaginarlas, pero el rubor en las mejillas y la sonrisa embelesada denotaba la emoción sentida y la expectativa creada.
            Abandonamos el departamento de la calle de Aragón y caminamos tomados de las manos las dos cuadras que nos separaban del cine Álamos: un cine de barrio, ubicado en calzada de Tlalpan, que años después se convertiría en el cine Viaducto. El viento frío se colaba por debajo del abrigo, enfriando las rodillas, que no alcanzaban a tapar el pantalón corto. Arrejuntado a mi madre, soporté la sensación desagradable hasta llegar al lugar.
            Se exhibían tres  películas por función y llegamos a tiempo. Apagaron las luces y  emocionado inicié el disfrute de la cinta. Platicando con mi madre años después, supe se llamaba “Canción del sur”: dónde el tío Remus, un campesino negro, relata cuentos de animales del bosque, e interactúa con los personajes de caricatura. Tenían que callarme, porque comentaba a cada momento los acontecimientos.
            La segunda película fue “La cabaña del tío Tom”,  sólo recuerdo que me dio miedo y lloré cuando aparecieron llamas en la pantalla al estarse quemando la cabaña. Parece ser que dormí... Desperté al oír música de orquesta, estaban tocando jazz en un centro nocturno y una pareja de bailarines negros hacía pasos malabares y sincronizados en la pista. Bailaban tap; el sonido rítmico que producían sobre el  piso, era fascinante. Ahora sé que la película se llamó “Las viudas del jazz”. En un momento del espectáculo, los bailarines retrocedían hasta el fondo de la pista,  se encarreraban hacia una pared, saltaban, daban dos pasos sobre ella y con un giro de sus cuerpos, caían nuevamente sobre el piso y seguían el baile.

            Llegando a casa le platicamos las películas a nuestro padre y, en pocas palabras, la coreografía. Me animó a que la repitiera; puso un disco de 78 rpm. de jazz en el fonógrafo, y comencé a bailar tap. Mis hermanas y padres me animaban y aplaudían. Emocionado, aún con el abrigo puesto, taconeaba sobre la duela, levantaba los pies y saltaba. Para terminar espectacularmente, me encarreré sobre la pared e intenté caminar sobre ella… mi madre, cariñosamente limpió con su pañuelo la sangre de la nariz y me arropó amorosamente entre sus brazos. 

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