miércoles, 6 de abril de 2016

El triciclo rojo

El triciclo rojo

Haciendo un esfuerzo retrospectivo en mi memoria, la imagen más antigua que conservo es la de estar en brazos de una mujer durante una reunión, y varias en nuestro entorno. Considero que esto ocurrió alrededor de mis dos años de vida, en el año de 1946. Ahora sé que era la tía Lucía, hermana de mi padre, y madrina mía la que me cargaba. Me causaba placer que me vieran y acariciaran.
            Por esa fecha y hasta 1951, vivíamos en un pequeño departamento en la parte alta de una casa situada en la calle de Aragón, en la colonia Álamos. De los diez hijos que fuimos en la familia, siete nacimos ahí.
            La entrada era una gran puerta negra que daba acceso al garaje; al final  y hacia la izquierda, las escaleras metálicas que conducían al departamento y desembocaban en la terraza  de nuestro departamento.
Cuando tenía entre cinco y seis años, tuve una experiencia impresionante que se impregnó indeleblemente en mi memoria, por haber sido el primer acto de voluntad planeado de mi vida; una acción que pudo tener consecuencias mortales:
            Estaba jugando en la sala del departamento, cuando escuché la voz de Luis, el nieto de la dueña de la casa, que vivía en la parte de abajo, gritándome para que bajara a jugar. Estaba solo, pues mis hermanas habían ido al colegio y mi madre de compras. Antes de salir, me dijo que no se tardaba, y cerró con llave la terraza.
            Salí al vestíbulo y lo miré en el centro del patio, y ahí estaba Luis, agitando su brazo para saludarme. Me invitó a que bajara a jugar. Le expliqué que no podía, que estaba encerrado.
            ¾Trata de abrir la reja, jala el candado; pégale con algo.
            Intenté abrir, sin ningún resultado.
            Le dije que esperáramos a que llegara mi madre, pero él insistió en que hiciera lo posible por bajar.
            ¾Es que te quiero enseñar mi triciclo nuevo, me lo trajeron los Reyes Magos.
A la distancia los veía pequeños, rodeados por el gran patio de la casa. Estaba montado en él: de color rojo, con ruedas blancas bordeadas de negro; de las agarraderas del manubrio, colgaban listones de colores; tenía un estribo, en el que me imaginé parado, tomado de los hombros de Luis. El triciclo brillaba con los reflejos del sol matinal, estaba reluciente; me pareció hermoso. ¡Quería subirme!, ¡manejarlo!, dar vueltas alrededor del patio; pedalear rápido y velozmente... ¡Me entró la ansiedad!, el deseo incontrolable de jugar con Luis.
            ¾¡Ayúdame a bajar!
            ¾¿Cómo?
            ¾Aviéntame una cuerda.
            Luis se metió a su casa y después de un rato llegó con una bola de mecate. Se echó para atrás, tomó impulso y me la aventó. La madeja se estrelló en la pared. Repitió el intento unas cuatro o cinco veces, hasta que el ovillo penetró entre dos barrotes. Estiré la delgada fibra y enredé un extremo en el barandal; escasamente sabía hacerme el nudo de los zapatos y… ese fue el tipo de nudo que utilicé. Arrojé la otra punta hacia abajo, y la cuerda no alcanzó a llegar al suelo, quedó colgando como a dos metros del piso.
            ¾Luis, ¡No alcanza!
            ¾No importa, te pongo mi triciclo abajo para que caigas sentado.
            La idea me pareció buena; imaginé deslizarme y caer cómodamente en el asiento del triciclo; y emprender una carrera espectacular. No se porqué pensé que el asiento estaba acojinado.
            Subí a la reja pisando los huecos en la herrería, me monté  sobre el barandal y bajé del otro lado, descansé mis pies en el borde de la pared, Me afiancé con una mano del metal y con la otra, alcancé el mecate. Luis colocó el triciclo y se hizo hacia atrás. Mi idea era que iba a bajar pausadamente: una mano sosteniéndome de la cuerda, mientras bajaba la otra; y así, hasta llegar al piso.
Tenía miedo, pero era más la curiosidad por ver, sentir y pilotear el triciclo; tomé el mecate firmemente, separé los pies del borde y me impulsé… ¡Comencé a deslizarme vertiginosamente!, ¡las manos me ardían!, ¡me quemaban las palmas! No pude soltarme y… ¡efectivamente!, ¡caí sentado en el triciclo, aullando de dolor! El asiento y el manubrio se me clavaron entre las piernas. Supongo que me desmayé, porque sólo recuerdo a mi madre poniéndome pomada, y al sentir sus dedos sobre mi piel lastimada, gritar de dolor. Recuerdo también que, por un tiempo, caminé con las piernas abiertas y no me podía sentar.

Un temor oculto me inquietó durante la juventud, me acosó aún de casado; el de no poder tener familia. Se desvaneció, años después, al saber que mi esposa estaba embarazada.


           


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