El triciclo rojo
Haciendo un
esfuerzo retrospectivo en mi memoria, la imagen más antigua que conservo es la
de estar en brazos de una mujer durante una reunión, y varias en nuestro
entorno. Considero que esto ocurrió alrededor de mis dos años de vida, en el
año de 1946. Ahora sé que era la tía Lucía, hermana de mi padre, y madrina mía la
que me cargaba. Me causaba placer que me vieran y acariciaran.
Por esa fecha y hasta 1951, vivíamos
en un pequeño departamento en la parte alta de una casa situada en la calle de
Aragón, en la colonia Álamos. De los diez hijos que fuimos en la familia, siete
nacimos ahí.
La entrada era una gran puerta negra
que daba acceso al garaje; al final y hacia
la izquierda, las escaleras metálicas que conducían al departamento y
desembocaban en la terraza de nuestro
departamento.
Cuando tenía entre cinco y seis años, tuve una experiencia impresionante
que se impregnó indeleblemente en mi memoria, por haber sido el primer acto de
voluntad planeado de mi vida; una acción que pudo tener consecuencias mortales:
Estaba jugando en la sala del
departamento, cuando escuché la voz de Luis, el nieto de la dueña de la casa,
que vivía en la parte de abajo, gritándome para que bajara a jugar. Estaba
solo, pues mis hermanas habían ido al colegio y mi madre de compras. Antes de
salir, me dijo que no se tardaba, y cerró con llave la terraza.
Salí al vestíbulo y lo miré en el
centro del patio, y ahí estaba Luis, agitando su brazo para saludarme. Me
invitó a que bajara a jugar. Le expliqué que no podía, que estaba encerrado.
¾Trata de abrir la reja, jala el candado;
pégale con algo.
Intenté abrir, sin ningún resultado.
Le dije que esperáramos a que llegara
mi madre, pero él insistió en que hiciera lo posible por bajar.
¾Es que te quiero enseñar mi triciclo
nuevo, me lo trajeron los Reyes Magos.
A la distancia
los veía pequeños, rodeados por el gran patio de la casa. Estaba montado en él:
de color rojo, con ruedas blancas bordeadas de negro; de las agarraderas del
manubrio, colgaban listones de colores; tenía un estribo, en el que me imaginé
parado, tomado de los hombros de Luis. El triciclo brillaba con los reflejos
del sol matinal, estaba reluciente; me pareció hermoso. ¡Quería subirme!, ¡manejarlo!,
dar vueltas alrededor del patio; pedalear rápido y velozmente... ¡Me entró la
ansiedad!, el deseo incontrolable de jugar con Luis.
¾¡Ayúdame a bajar!
¾¿Cómo?
¾Aviéntame una cuerda.
Luis se metió a su casa y después de
un rato llegó con una bola de mecate. Se echó para atrás, tomó impulso y me la
aventó. La madeja se estrelló en la pared. Repitió el intento unas cuatro o
cinco veces, hasta que el ovillo penetró entre dos barrotes. Estiré la delgada
fibra y enredé un extremo en el barandal; escasamente sabía hacerme el nudo de
los zapatos y… ese fue el tipo de nudo que utilicé. Arrojé la otra punta hacia
abajo, y la cuerda no alcanzó a llegar al suelo, quedó colgando como a dos
metros del piso.
¾Luis, ¡No alcanza!
¾No importa, te pongo mi triciclo abajo
para que caigas sentado.
La idea me pareció buena; imaginé
deslizarme y caer cómodamente en el asiento del triciclo; y emprender una
carrera espectacular. No se porqué pensé que el asiento estaba acojinado.
Subí a la reja pisando los huecos en
la herrería, me monté sobre el barandal
y bajé del otro lado, descansé mis pies en el borde de la pared, Me afiancé con
una mano del metal y con la otra, alcancé el mecate. Luis colocó el triciclo y
se hizo hacia atrás. Mi idea era que iba a bajar pausadamente: una mano
sosteniéndome de la cuerda, mientras bajaba la otra; y así, hasta llegar al
piso.
Tenía miedo, pero era más la curiosidad por ver, sentir y pilotear el
triciclo; tomé el mecate firmemente, separé los pies del borde y me impulsé… ¡Comencé
a deslizarme vertiginosamente!, ¡las manos me ardían!, ¡me quemaban las palmas!
No pude soltarme y… ¡efectivamente!, ¡caí sentado en el triciclo, aullando de
dolor! El asiento y el manubrio se me clavaron entre las piernas. Supongo que
me desmayé, porque sólo recuerdo a mi madre poniéndome pomada, y al sentir sus
dedos sobre mi piel lastimada, gritar de dolor. Recuerdo también que, por un
tiempo, caminé con las piernas abiertas y no me podía sentar.
Un temor oculto
me inquietó durante la juventud, me acosó aún de casado; el de no poder tener
familia. Se desvaneció, años después, al saber que mi esposa estaba embarazada.
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