miércoles, 6 de abril de 2016

Y... se hizo la chica

Y… se hizo la chica



Sólo dos legados duraderos
Podemos dejar a nuestros hijos,
Uno, raíces; otro, alas
Hodding Carter

La recámara caliente, sofocante; alumbrada por dos lámparas de mesa, permanecía saturada de humores estancos y deficiente circulación de aire. El nerviosismo y la tensión, cobijaban la escena. Mi madre, inquieta y adolorida, en el trabajo de parto desde la madrugada. Acostada sobre una manta blanca en la vieja cama y vigilada por el crucifijo colgado en la pared de la cabecera, sentía los movimientos hábiles de la partera acomodándola y urgiendo con voz animosa, a que me expulsara. Amparo, sudaba y se quejaba con lamentos ahogados y hacía esfuerzos por impulsarme al mundo. Al parecer, yo me resistía. La anciana, con voz maternal, la incitaba:
¾¡Puja!, ¡puja! Toma aire y… ¡vuelve a pujar!
Llevaba más de tres horas en esa labor, desde que mi padre había ido por doña Mercedes.
Con el último esfuerzo, ¡asomé la cabeza! Ayudado por las expertas manos, la giré para sacar el hombro y deslice el cuerpo escurriéndome en los brazos de la matrona, que me limpió y dio la primera nalgada de mi vida. Lloré con la fuerza del reclamo, al intuir  que había salido de un mundo protegido: La expulsión del edén me provocaba inseguridad, el encuentro con sentimientos y pasiones… Me alteraba pasar a la vida independiente.
Doña Mercedes ligó y cortó el cordón umbilical; me limpió y entregó a mi madre .
Exhausta, quitándose el sudor de la cara con un paño húmedo; esbozando una sonrisa cansada, y plena de satisfacción por haber traído al mundo una nueva vida, preguntó:
¾¿Es hombre o mujer?… ¿Está bien?
¾Sí, doña Amparo, es hombre y se ve muy sano.
¾ Comuníqueselo a mi marido y páseme al niño, quiero tener en mi regazo al primer hijo.
Mi padre recibió la noticia con asombro y júbilo, acompañado de mis tres hermanas: Bertha, Josefina y Angélica. Entró en la recámara, besó cariñosamente a su esposa, se congratuló con ella que hubiera sido varón y salió apresuradamente a comprar ropa de bebé, azul, y una caja de puros.
Dos días después, se reincorporó a sus labores en el Banco de México. Entró a la oficina con la satisfacción pintada en el rostro y recibió las felicitaciones efusivas de sus compañeros de trabajo; repartió los puros, y se dirigió a los escritorios de Martín y Felipe con las palmas de las manos hacia arriba y moviendo los dedos con rapidez, les requirió:
¾¡Paguen!, ¡paguen su apuesta! ¡Se hizo la chica!... ¡Fue niño!
La expectativa de mi padre al tener un hijo, era grande. Tal vez, pensaba que un varón podría ser el sostén, en caso de ausencia. En su familia fueron cinco mujeres y él; la situación podría repetirse: los padres eran sus dependientes.










 Y… se hizo la chica



Sólo dos legados duraderos
Podemos dejar a nuestros hijos,
Uno, raíces; otro, alas
Hodding Carter

La recámara caliente, sofocante; alumbrada por dos lámparas de mesa, permanecía saturada de humores estancos y deficiente circulación de aire. El nerviosismo y la tensión, cobijaban la escena. Mi madre, inquieta y adolorida, en el trabajo de parto desde la madrugada. Acostada sobre una manta blanca en la vieja cama y vigilada por el crucifijo colgado en la pared de la cabecera, sentía los movimientos hábiles de la partera acomodándola y urgiendo con voz animosa, a que me expulsara. Amparo, sudaba y se quejaba con lamentos ahogados y hacía esfuerzos por impulsarme al mundo. Al parecer, yo me resistía. La anciana, con voz maternal, la incitaba:
¾¡Puja!, ¡puja! Toma aire y… ¡vuelve a pujar!
Llevaba más de tres horas en esa labor, desde que mi padre había ido por doña Mercedes.
Con el último esfuerzo, ¡asomé la cabeza! Ayudado por las expertas manos, la giré para sacar el hombro y deslice el cuerpo escurriéndome en los brazos de la matrona, que me limpió y dio la primera nalgada de mi vida. Lloré con la fuerza del reclamo, al intuir  que había salido de un mundo protegido: La expulsión del edén me provocaba inseguridad, el encuentro con sentimientos y pasiones… Me alteraba pasar a la vida independiente.
Doña Mercedes ligó y cortó el cordón umbilical; me limpió y entregó a mi madre .
Exhausta, quitándose el sudor de la cara con un paño húmedo; esbozando una sonrisa cansada, y plena de satisfacción por haber traído al mundo una nueva vida, preguntó:
¾¿Es hombre o mujer?… ¿Está bien?
¾Sí, doña Amparo, es hombre y se ve muy sano.
¾ Comuníqueselo a mi marido y páseme al niño, quiero tener en mi regazo al primer hijo.
Mi padre recibió la noticia con asombro y júbilo, acompañado de mis tres hermanas: Bertha, Josefina y Angélica. Entró en la recámara, besó cariñosamente a su esposa, se congratuló con ella que hubiera sido varón y salió apresuradamente a comprar ropa de bebé, azul, y una caja de puros.
Dos días después, se reincorporó a sus labores en el Banco de México. Entró a la oficina con la satisfacción pintada en el rostro y recibió las felicitaciones efusivas de sus compañeros de trabajo; repartió los puros, y se dirigió a los escritorios de Martín y Felipe con las palmas de las manos hacia arriba y moviendo los dedos con rapidez, les requirió:
¾¡Paguen!, ¡paguen su apuesta! ¡Se hizo la chica!... ¡Fue niño!
La expectativa de mi padre al tener un hijo, era grande. Tal vez, pensaba que un varón podría ser el sostén, en caso de ausencia. En su familia fueron cinco mujeres y él; la situación podría repetirse: los padres eran sus dependientes.














































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