Y… se
hizo la chica
Sólo dos
legados duraderos
Podemos
dejar a nuestros hijos,
Uno,
raíces; otro, alas
Hodding
Carter
La recámara caliente, sofocante; alumbrada por dos lámparas
de mesa, permanecía saturada de humores estancos y deficiente circulación de
aire. El nerviosismo y la tensión, cobijaban la escena. Mi madre, inquieta y
adolorida, en el trabajo de parto desde la madrugada. Acostada sobre una manta
blanca en la vieja cama y vigilada por el crucifijo colgado en la pared de la
cabecera, sentía los movimientos hábiles de la partera acomodándola y urgiendo
con voz animosa, a que me expulsara. Amparo, sudaba y se quejaba con lamentos
ahogados y hacía esfuerzos por impulsarme al mundo. Al parecer, yo me resistía.
La anciana, con voz maternal, la incitaba:
¾¡Puja!,
¡puja! Toma aire y… ¡vuelve a pujar!
Llevaba más de tres horas en esa labor,
desde que mi padre había ido por doña Mercedes.
Con el último esfuerzo, ¡asomé la cabeza! Ayudado
por las expertas manos, la giré para sacar el hombro y deslice el cuerpo
escurriéndome en los brazos de la matrona, que me limpió y dio la primera
nalgada de mi vida. Lloré con la fuerza del reclamo, al intuir que había salido de un mundo protegido: La
expulsión del edén me provocaba inseguridad, el encuentro con sentimientos y
pasiones… Me alteraba pasar a la vida independiente.
Doña Mercedes ligó y cortó el cordón
umbilical; me limpió y entregó a mi madre .
Exhausta, quitándose el sudor de la cara
con un paño húmedo; esbozando una sonrisa cansada, y plena de satisfacción por
haber traído al mundo una nueva vida, preguntó:
¾¿Es
hombre o mujer?… ¿Está bien?
¾Sí,
doña Amparo, es hombre y se ve muy sano.
¾
Comuníqueselo a mi marido y páseme al niño, quiero tener en mi regazo al primer
hijo.
Mi padre recibió la noticia con asombro y
júbilo, acompañado de mis tres hermanas: Bertha, Josefina y Angélica. Entró en
la recámara, besó cariñosamente a su esposa, se congratuló con ella que hubiera
sido varón y salió apresuradamente a comprar ropa de bebé, azul, y una caja de
puros.
Dos días después, se reincorporó a sus
labores en el Banco de México. Entró a la oficina con la satisfacción pintada
en el rostro y recibió las felicitaciones efusivas de sus compañeros de
trabajo; repartió los puros, y se dirigió a los escritorios de Martín y Felipe
con las palmas de las manos hacia arriba y moviendo los dedos con rapidez, les
requirió:
¾¡Paguen!,
¡paguen su apuesta! ¡Se hizo la chica!... ¡Fue niño!
La expectativa de mi padre al tener un
hijo, era grande. Tal vez, pensaba que un varón podría ser el sostén, en caso
de ausencia. En su familia fueron cinco mujeres y él; la situación podría
repetirse: los padres eran sus dependientes.
Sólo dos
legados duraderos
Podemos
dejar a nuestros hijos,
Uno,
raíces; otro, alas
Hodding
Carter
La recámara caliente, sofocante; alumbrada por dos lámparas
de mesa, permanecía saturada de humores estancos y deficiente circulación de
aire. El nerviosismo y la tensión, cobijaban la escena. Mi madre, inquieta y
adolorida, en el trabajo de parto desde la madrugada. Acostada sobre una manta
blanca en la vieja cama y vigilada por el crucifijo colgado en la pared de la
cabecera, sentía los movimientos hábiles de la partera acomodándola y urgiendo
con voz animosa, a que me expulsara. Amparo, sudaba y se quejaba con lamentos
ahogados y hacía esfuerzos por impulsarme al mundo. Al parecer, yo me resistía.
La anciana, con voz maternal, la incitaba:
¾¡Puja!,
¡puja! Toma aire y… ¡vuelve a pujar!
Llevaba más de tres horas en esa labor,
desde que mi padre había ido por doña Mercedes.
Con el último esfuerzo, ¡asomé la cabeza! Ayudado
por las expertas manos, la giré para sacar el hombro y deslice el cuerpo
escurriéndome en los brazos de la matrona, que me limpió y dio la primera
nalgada de mi vida. Lloré con la fuerza del reclamo, al intuir que había salido de un mundo protegido: La
expulsión del edén me provocaba inseguridad, el encuentro con sentimientos y
pasiones… Me alteraba pasar a la vida independiente.
Doña Mercedes ligó y cortó el cordón
umbilical; me limpió y entregó a mi madre .
Exhausta, quitándose el sudor de la cara
con un paño húmedo; esbozando una sonrisa cansada, y plena de satisfacción por
haber traído al mundo una nueva vida, preguntó:
¾¿Es
hombre o mujer?… ¿Está bien?
¾Sí,
doña Amparo, es hombre y se ve muy sano.
¾
Comuníqueselo a mi marido y páseme al niño, quiero tener en mi regazo al primer
hijo.
Mi padre recibió la noticia con asombro y
júbilo, acompañado de mis tres hermanas: Bertha, Josefina y Angélica. Entró en
la recámara, besó cariñosamente a su esposa, se congratuló con ella que hubiera
sido varón y salió apresuradamente a comprar ropa de bebé, azul, y una caja de
puros.
Dos días después, se reincorporó a sus
labores en el Banco de México. Entró a la oficina con la satisfacción pintada
en el rostro y recibió las felicitaciones efusivas de sus compañeros de
trabajo; repartió los puros, y se dirigió a los escritorios de Martín y Felipe
con las palmas de las manos hacia arriba y moviendo los dedos con rapidez, les
requirió:
¾¡Paguen!,
¡paguen su apuesta! ¡Se hizo la chica!... ¡Fue niño!
La expectativa de mi padre al tener un
hijo, era grande. Tal vez, pensaba que un varón podría ser el sostén, en caso
de ausencia. En su familia fueron cinco mujeres y él; la situación podría
repetirse: los padres eran sus dependientes.
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